Ruta 40 Sur

Crónica de un viaje imperdible y recomendable.

Sergio Capozzi
El Federal Noticias

 Cueva de las Manos es un sitio arqueológico con pinturas ruestres en Santa Cruz.  

A mediados de enero decidimos “completar” nuestro viaje por la Ruta 40. Es que ya la habíamos recorrido desde Bariloche hasta Jujuy, nos faltaba ir más allá de Esquel, provincia del Chubut y conocer los pueblos patagónicos, pequeños, llenos de magia. La idea era ir lentamente, que lo importante fuera el camino y no el destino final.

Así, el primer día llegamos a Cholila, sólo 200 kms, nada para la Patagonia. Un poco al norte de este pequeño pueblo, lindero con el Parque Nacional Los Alerces, se encuentra el camping Pedregoso, ubicado estratégicamente en la desembocadura del río del mismo nombre. Cabalgatas, navegación, trekking son algunas de las actividades que obligatoriamente deben terminar en la hostería homónima, una construcción estilo inglés siglo XIX que invita a tomar café o té con todos los platitos. La noche la pasamos en Esquel, preciosa ciudad, ordenada, arbolada, limpia.

A unos pocos kilómetros de Esquel se encuentra el Parque Nacional Los Alerces, que tiene como principal atractivo el lago Futalaufquen. Un espejo de agua asombroso, con playas de arena. Imposible evitar el chapuzón, la pesca y si se puede, una navegación. El entorno es típico de la selva fría, ñires, alerces, cipreses, coihues, notros, un deleite para ojos. La presencia de los Bustillos resalta en la hostería similar en su estructura al Centro Cívico o el edificio de Parques de Bariloche pero con un plus a favor: el amueblamiento es el original o parece serlo. Almorzar allí es viajar en el tiempo, imaginarse a los primeros huéspedes. El servicio de comedor está a la altura. Si deciden alojarse allí, reserven con mucha anticipación, las habitaciones y cabañas se ocupan rápidamente. Nosotros no tuvimos suerte.

La siguiente parada fue Trevelin, a unos 30 kilómetros de allí. Este enclave galés es parada obligada: da la sensación que uno ha sido abducido, que se encuentra en el suroeste de Gran Bretaña, las calles conservan su encanto, el centro de informes turísticos es una hermosa casa de madera y cemento donde resalta un inmenso dragón tallado en madera que reina sobre su techo a la vez que flamea la bandera verde y blanca con su dragón rojo; junto a ella, la argentina y otra que identifica a la región de Cushamen y a las comunidades originarias del Chubut.

Antes de abandonar Trevelin (pueblo del molino en galés) quisimos conocer algo más de sus raíces, por eso nos trasladamos hasta la escuela Ysgol y Cwun (colegio de los perros), allí su directora nos invitó a conocer la capilla Bethel, construida por los pioneros en el año 1910. Aunque parezca raro un lugar imperdible es el cementerio. Éste se encuentra a unos pocos kilómetros del pueblo en una lomada con una vista maravillosa. Tiene un sector donde descansan los restos de los primeros pobladores, allí se repiten las lápidas con nombres tales como Jones, Morgan, Thomas, Johns, Myers. Debo confesar que siempre movió mi curiosidad saber por qué ese pueblo, como varios más, se fundaron en la Patagonia con viajeros que recorrieron miles y miles de kilómetros para instalarse en tierras desconocidas para el europeo.

Siguiendo por la Ruta 40 hacia el Sur pasamos Tecka. Primer tip: si se decide recorrer la Patagonia hay que tirarse de cabeza en la primera estación de servicio que se vea. Es común la respuesta “el camión no llegó” ó “sólo queda súper”.  No quiero ofender a los teckanos pero por lo menos nosotros no le encontramos  ningún atractivo, así que continuamos hasta Gobernador Costa y un error del GPS humano nos depositó en José de San Martín, conocido como bastión tehuelche. Esta región del valle de Genoa es rica para conocer la historia de este pueblo originario, así como de los primeros habitantes de origen europeo: italianos, alemanes, franceses, españoles. Desde la ruta, al atravesar el valle del río Senguer se verá a la distancia un caserío, hoy llamado Facundo (en homenaje a Quiroga), antes conocido como Colonia Ensanche Sarmiento. Para saber más sobre estos parajes hay un modo infalible: detenerse en el museo y almacén Los Tamariscos, hoy atendido por Liliana Prieto Bohme (la diéresis se perdió en el tiempo), tercera generación de la familia que habita el lugar. Mientras ella prepara un café uno puede sumergirse en los libros de Alejandro Aguado. En sus páginas encontraremos las huellas de los caciques Kanke, Nahuel, Maniqueque, sentiremos la presencia de pobladores como Botello y Graña y otros tantos que contribuyeron a afianzar la soberanía argentina más al sur del río Colorado.

A lo largo de la provincia del Chubut cruzaremos algunos autos, camiones chilenos y ningún peatón pero a la vera de la ruta una presencia será constante, lo mismo que en Santa Cruz, los curiosos guanacos. Cuando vimos los primeros detuvimos la marcha para bombardearlos sacándoles fotos y filmando videos. Luego de unos días los ignoramos y así perdimos las mejores imágenes.

La siguiente parada fue Río Mayo, otro enclave con mucha historia y compromiso fundador. A dos kilómetros del pueblo se encuentra la estancia Don José. El casco, como es costumbre, esta rodeado de árboles exóticos tales como sauces y álamos. Esperábamos encontrar una explotación ovina, algo de guanacos y también turismo rural. Fue grande nuestra sorpresa cuando además de todo eso nos enteramos que la actividad principal de la estancia es otra: el agua. Hace unos años descubrieron que en la zona, donde precipitan 120 mm al año, a más de sesenta metros de profundidad se haya un acuífero con una proyección de 1.300.000 litros de agua por día. La familia propietaria de la estancia decidió un cambio radical, sin descuidar la cría de ovinos que tantas satisfacciones de ha brindado, hoy tienen una empresa de envasado y comercialización del agua conocida con el nombre Orizón, vale la pena probarla.

Ya en provincia de Santa Cruz arribamos a Perito Moreno, hermoso pueblo de calles amplias, arboladas con flores por doquier, accesos con bulevares y una estación Axion donde reponer energías.

Segundo tip: todas las estaciones de servicio tienen WiFi, mientras que las señales telefónicas son prácticamente inexistentes. Está bueno mantenerse contactado y avisar a alguien previamente designado desde dónde se sale y dónde se quiere arribar ese día, puede ocurrir (como a nosotros) que el auto se resista a continuar la marcha y no hay cómo pedir un auxilio. La contracara es la solidaridad patagónica, basta subir el capot para que se detengan conductores solidarios.

Sesenta kilómetros al oeste se encuentra Los Antiguos ubicado a solo un par de kilómetros de la frontera, a tal punto que cuando se llega al pueblo nos recibió un mensaje en el celular que alertaba sobre los costos del roaming internacional (¿será que perdimos la soberanía?).

Los Antiguos es conocido como la capital nacional de la cereza y el título está bien puesto, son inmensas y riquísimas. Ideal para llevar un puñado, caminar hasta la costanera y degustarlas sentados a la vera del lago Buenos Aires al tiempo que se mira a los pescadores lanzando sin resignarse una y otra vez  las líneas que tozudamente vuelven sin premio.

La noche la pasamos en la hostería Refugio de Rocas, muy lindo lugar atendido por sus propietarios. Las habitaciones son estándar, nada de lujos, lo lindo está afuera: el criadero de truchas, los caballos pastando incluso en la plantación de lavandas, lo cual desespera a la dueña del predio. Dos puntos en contra: parece que la cercanía con Chile los llevó a adoptar la mezquindad con el suministro de calefacción y el otro, uno está cansado y la hostería lejos del pueblo, lo cual contribuye a tomar la decisión de cenar en ella. El menú y la comida son buenos, lo que no es bueno es que una coca cola de litro la cobren $ 950 (al escribir esta nota casi cinco dólares).

Siguiendo por la 40 comienza el plato fuerte. Si lo que habíamos recorrido era lindo lo que nos esperaba era sencillamente único, espectacular.

A poco más cien kilómetros se encuentra el cañadón del río Pinturas. Hay que llegar temprano para dedicarle todo el día.

Desde la ruta hay que tomar un desvío de ripio en perfecto estado y señalizado. Estarán tentados de parar varias veces porque en cada curva se pierde en aliento. Ninguna foto le hace justicia.

Declarado Patrimonio de la Humanidad lo que se conoce como La Cueva de las Manos es mucho más que ella, es un cañadón de varios kilómetros donde se reconoce la presencia humana desde hace unos diez mil años. El río que corre por medio de la falla se haya abrazado por una vegetación inusual para esta estepa, es que el cañadón no sólo sirvió para albergar animales sino también semillas que volaron desde las estancias cercanas o que fueron traídas por los pájaros. Aconsejamos miran cada tanto al cielo porque suelen aparecen cóndores, como nos pasó a nosotros.

La cueva de las Manos es sólo una parte de un complejo pictórico iniciado hace nueve mil años y con sus últimas intervenciones hace mil quinientos atrás, ayer nomás. Se nota la evolución.

Tip: no se pueden recorrer los más de trescientos metros de paredón sin la asistencia de un guía, no se entendería su verdadero significado, es un camino de evolución, las costumbres trasladadas a imágenes. Su estado de conservación (pese a algún tarado como Arturo que quiso inmortalizarse grabando su nombre) es impecable. Hay que hacer el desafío de descubrir figuras únicas (mano con seis dedos o alguna color celeste). Segundo tip: sujete bien su gorra, es imposible ir a rescatarla al fondo del cañadón que en algunos tramos tiene más de 300 metros de altura o profundidad, según dónde uno este parado.

La noche la pasamos en Gobernador Gregores, Santa Cruz. Recordar llenar el tanque antes de ir a descansar. El lugar para comer se llama Mata Negra (debe su nombre al único arbusto presente a lo largo de toda la ruta), la atención es muy buena, las minutas también, económico. Eso sí, uno paga lo que el mozo dice porque ni un papelito te entregan.

Dos puntos para rescatar de este pueblo ubicado en un punto crítico pues desde allí se puede seguir viaje bordeando la cordillera o dirigirse hacía el Atlántico llegando Piedrabuena y luego Río Gallegos. Recomendamos la hostería Kaiken, humilde pero con detalles de calidad como el frigobar, el desayuno, internet que vuela (en relación al resto de la Patagonia) y una ducha con columna con diferentes tipos de chorros, ideal para sacarse de encima toneladas de polvo. El otro punto imperdible es el homenaje al Guacho y a sus compañeros inseparables, el caballo y el perro. Son varios los monumentos a lo largo de la calle principal.

Seguimos hacia el Sur y nos detuvimos en Tres Lagos. Un simpático pueblito con poco más de 300 habitantes, según nos dijo el joven empleador de la empresa de energía que estaba controlando los medidores.

A la salida del pueblo se encuentra la estación de servicio, de las llamadas “bandera blanca”. Siempre me da cosita cargar en ellas pero al ver el único surtidor me olvidé de todo, está empapelado cientos de calcos, lo mismo que una de las paredes de la estación. Los chicos que atienden son el colmo de la buena onda, el café y los alfajores exquisitos. Tómese su tiempo, mire las cosas exhibidas en las vitrinas, hable con ellos, estos pueblos están llenos de historias mínimas que se convierten en inolvidables como la que descubrimos más adelante.

Algo muy importante: desde Bariloche hasta El Calafate la ruta 40 se encuentra pavimentada, salvo unos 70 kilómetros, precisamente en este tramo. Pregunte sobre su estado, tiene parte de arcilla y otros de piedra bocha que hacen perder la estabilidad. Disfrute de las vistas e interactúe con los guanacos, zorros y ñandúes, no se deje ganar por la ansiedad de llegar, el precio puede ser alto.

Si la ruta nos daba sorpresas y nos confirmaba que cualquier sacrificio valía la pena, llegar a La Leona fue una de las páginas inolvidables.

Hace 145 el perito Francisco P. Moreno estaba remontando el río Santa Cruz y sus afluentes. Una tarde llegaron hasta un río muy torrentoso y por esos días sin nombre. Desde allí divisaron un pico de singular belleza al que llamaron Fitz Roy en homenaje al naturalista británico que recorrió toda la Patagonia.

Por la noche el perito se apartó del fogón atraído por mar de estrellas que iluminaban la noche, sin advertir que una leona (así llaman los lugareños a las pumas) se aprestaba a atacarlo. Afortunadamente un asistente advirtió la situación y mató al animal de un certero balazo. Nos preguntamos que hubiera sido y en cuánto habría cambiado nuestra historia si la leona hubiese tenido éxito. Por lo pronto no habría una hostería ni un museo ni el nombre de paraje y el río se llamarían La Leona. Imperdible, se come muy bien y se viaja en el tiempo a través de fotos, textos y distintas piezas exhibidas. Un dato más: en esa hostería estuvieron escondidos más de un mes Buch Cassidy y Sundace Kid luego de haber asaltado el banco de London en Río Gallegos.

Siguiente parada, ahí nomás, El Chaltén, la capital del senderismo. Al llegar nos esperaba un mirador desde donde se observa todo el pueblo y alguno de los cerros que lo rodean. Nos alojamos en la hostería El Pilar distante a doce kilómetros; se llega a través de la ruta provincial 41, de ripio. Es imposible hacer justicia con lo visto. La hostería es conducida por Cristina y Guillermo, dos problemas: Cristina cocina como los dioses y Guillermo tiene tantas historias para contar, tantas anécdotas que se hace difícil salir, aún así lo hicimos.

Nuestra recomendación: salir a caminar con una mochilita llevando un abrigo, vianda y mucha agua. Por suerte vivimos tiempos de fotografías obtenidas con celulares porque sino la deuda por el revelado sería terrible. Uno se detiene en cada mirador, las vistas de los ríos (Blanco, Eléctrico, de las Vueltas), los cerros Torre, Saint Exúpery, Guillomet , Mermez y el imponente Fitz Roy, las lagunas Madre, Hija, Capri y la De los Tres y los glaciares. Hicimos varios senderos y totalizamos más de 70 kilómetros caminados, los recomendados: del Pilar, Torre, Chorrillo, Piedra del Fraile, Capri. Honor a la verdad: dos veces intentamos llegar a la Laguna de los Tres, doce kilómetros de los cuales en los últimos dos se asciende 800 metros y es de piedra bocha, llegamos a los 400 y los latidos en la nuca me hicieron desistir. ¡Volveremos! No sólo para ver esa maravilla sino para llegar al lago del Desierto. Nota: nos hubiese encantado saber algo sobre geología para entender los colores de los cerros y las aguas de los ríos, algunos de ellos parecen de ópalo.

Dos cosas que me conmovieron y no esperaba: que varios cerros estuvieran vinculados con Antoine de Saint Exúpery, para colmo en esos días estaba leyendo Tierra de Hombres donde el autor de El Principito dedica varios capítulos a sus colegas (pilotos de la Aeropostale) Guillaumet y Mermez. El otro hecho es haber visto en vivo por primera vez esa cadena de agujas que tanto conmovieron a Yvon Chouinard al punto que el logo de su famosa ropa Patagonia la tiene como imagen.

Última etapa: Calafate. El pueblo ya es ciudad, a lo largo de su arbolada avenida Libertador uno queda extasiado con los bares, restó, casas de venta de ropa y agencias de viajes, todo es moderno, con extremado buen gusto. Difícil la elección sobre dónde ir a comer. La hotelería también es de primer nivel, para todos los gustos, eso sí, nada es barato.

Dos excursiones son las imperdibles: la navegación en el lago Argentino para extasiarse con las vistas de los Glaciares Upsala y Spegazzini donde la empresa que explota el paseo ha construido un refugio que nunca vimos en Argentina. Espectacular.

La otra excursión es hacía el otro extremo del lago para llegar hasta el glaciar Perito Moreno, el que más merecida fama tiene. Punto para Parques Nacionales: los turistas llegan hasta un estacionamiento desde donde se los traslada en minibuses nuevos y limpios para llegar a las pasarelas. Otra perla, hasta tienen un ascensor. Disponga de varias horas para relajarse y contemplar.

Sumo una tercera excusión, esta es nocturna. Nos pasaron a buscar por el alojamiento en una vieja Land Rover, recorrimos unos quince kilómetros por la estepa cuando el sol se iba ocultando tras los cerros. Llegamos a un mirador sobre el lago Argentino y comenzamos la caminata para llegar a una cueva donde nos esperaba la cena bien rústica y campestre, guiso de cordero servido el pan de campo. El postre no tenía nada de rústico, mousse de chocolate y dulce de leche, nos quedamos con ganas de más. En el camino y alumbrados con linternas pudimos ver pinturas rupestres de origen tehuelche y unas réplicas de chozas y tumbas llamadas chenques. Saber algo más sobre este pueblo es esencial para entender lo difícil de la vida en la fría y ventosa Patagonia.

El regreso fue igual de hermoso. Hicimos la misma ruta pero ahora sin ansiedad, salvo el último día donde hicimos el alto en El Bolsón, para visitar a algunos amigos y disfrutar los helados de Jauja, los mejores de la Argentina.

Restaban 120 kilómetros. Sin prisa nos detuvimos para ver las bellezas de los lagos Guillelmo, Steffen, Mascardi, Gutiérrez para detenernos en el Moreno. El único punto en contra, el doloroso fue ver a la vera de la ruta en inmediaciones de El Foyel a los brigadistas tomando un descanso en su desigual lucha contra el fuego. Es muy triste ver las laderas del Manso quemadas. Ojala algún día nuestros gobernantes se den cuenta que tenemos la obligación de dejar la tierra mejor de lo que la recibimos.

Conclusión: no se pierdan conocer la Ruta 40 Sur, si pueden lleguen hasta su inicio en cabo Vírgenes, a nosotros nos faltaron días.

¡Buena Ruta!

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