¿Que hiciste durante la guerra, papi?

Por Sergio Capozzi*
PARA EL FEDERAL NOTICIAS

Corrían los últimos años de la década de los sesenta cuando el mundo (¿entero?) se veía convulsionado por movimientos sociales que ponían en jaque a gobiernos, centros de poder y fundamentalmente a la manera de pensar.

“El mayo francés” refiere a una serie de protestas espontáneas que fueron iniciadas por grupos estudiantiles contrarios a la sociedad de consumo, el capitalismo, el imperialismo, el autoritarismo y que –en términos generales- desautorizaban a las organizaciones políticas y sociales de la época, como los partidos políticos, el gobierno, los sindicatos o la propia universidad. 

Simultáneamente, recrudecían en Estados Unidos las protestas contra la guerra en Vietnam; mientras en México una brutal represión ocasionaba la Masacre de Tlatelolco (ocurrida durante un mitin llevado a cabo por estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas); la represión resultó en más de cuatrocientos muertos y miles de heridos. Mientras tanto, la Revolución Cultural en China y en Camboya Pol Pot con los Khmer Rouge provocaban millones de muertos.

Por la Argentina las cosas no estaban más calmas: El Cordobazo fue el pico de las protestas encabezadas por estudiantes y obreros contra la dictadura militar.

El cine no permaneció ajeno a todos estos acontecimientos. El director Blake Edwards nos entregaba una comedia de culto, ¿Qué hiciste durante la guerra, papi? El argumento giraba en torno al desembarco de los soldados americanos en Valerno durante la Segunda Guerra Mundial. Los aliados no tuvieron resistencia en las playas y tampoco cuando ingresaron al poblado con sus calles desiertas. La cosa se complicó cuando llegaron al pequeño estadio y pretendieron interrumpir el partido de fútbol que se estaba disputando. En ese momento conocieron la ferocidad siciliana.

Politólogos, sociólogos e historiadores han escrito ríos de tinta sobre los motivos que provocaron estos disturbios desde Latinoamérica hasta el extremo Oriente. Todos llegan a la misma conclusión: hartazgo con los gobiernos autoritarios; tanto aquellos que los llevaba a una guerra que les era ajena, como los que eran dictaduras sangrientas. Gobiernos autocráticos que limitaban las libertades, tanto colectivas como individuales.

El politólogo Samuel Huntington sostenía que la humanidad viene atravesando olas; distintas formas de la democracia que chocan con movimientos en contra, precisamente como ocurre en las costas marinas. Pero estas son las olas populistas. Una de éstas es la que está atravesando el mundo y que, padece la Argentina en particular.

Entre las características esenciales del populismo encontramos la creación de un enemigo imaginario, la revisión histórica, el invento de un relato y la destrucción de la educación. Y sobre este punto queremos focalizarnos.

Producto del aislamiento o distanciamiento social que impone la pandemia, hace catorce meses que los argentinos venimos padeciendo las decisiones tomadas por el gobierno nacional e imitadas por la inmensa mayoría de los gobernadores. Estas medidas nos han llevado a ser uno de los cuatro países con mayor cantidad de contagios en las últimas semanas, el quebranto de centenas de miles de empresas, el aumento del déficit fiscal (de 0,2 al 9%), el aumento de diez puntos de la pobreza y, sobre todo, el crecimiento de la brecha entre aquellos que tienen conectividad y las familias que comparten un solo teléfono celular.

Quienes no vivimos en C.A.B.A. vimos el debate que terminó en la Corte Suprema sobre la autonomía de aquella para disponer o no el mantenimiento de las clases presenciales. Es harto conocido como terminó la pulsada: la Ciudad de Buenos Aires mantuvo sus escuelas funcionando, con protocolos, burbujas y todas las precauciones que impone velar por la salud de alumnos, docentes, no docentes y padres.

La decisión tomada por Nación e imitada en muchas provincias dieron lugar a decenas de recursos de amparos, varios de ellos en la ciudad de Bariloche. Es que el gobierno provincial de Río Negro dispuso la suspensión de las clases presenciales en la citada localidad y en su vecina Dina Huapi. La Cámara de Apelaciones de la ciudad andina entendió que no podía hacer lugar al reclamo de los autodenominados Padres Organizados porque la petición, en principio razonable, no era materia justiciable. Atribuía a la resolución del ministro de salud un estatus especial, un hecho del Poder Ejecutivo que no puede ser revisado por un juez porque, según los camaristas, ello implicaría la ruptura de la independencia de los poderes, agregando que los jueces no pueden realizar un control sobre las decisiones de otros poderes que se dicten dentro de su competencia. Lo que omitieron decir es que esas resoluciones no deben ser arbitrarias ni violentar derechos y garantías constitucionales.

Los camaristas de Bariloche no pidieron informes técnicos, no se sabe si la concurrencia a las aulas aumentaron los contagios, tampoco sabemos qué porcentaje de los alumnos concurren a los establecimientos mediante el transporte público, vehículo particular o caminando. Lo que si sabemos es que a los más chicos se los está privando de los años de formación social e intelectual. Un daño irreparable. También sabemos que tenemos más del 60% de los niños bajo la línea de pobreza y que esto se va a agravar porque son precisamente esos chicos quienes no tienen acceso a internet. La mayoría de sus padres no están capacitados para ser apoyo escolar y aquí me detengo un instante: esos padres se encuentran doblemente lesionados espiritualmente; sienten vergüenza porque no pueden ayudar a sus chicos y tienen bronca porque están solos.

Un niño que pierde un año de educación no lo recupera más. El cierre de escuelas tiene consecuencias devastadoras para el aprendizaje y el bienestar de los niños. Los menores más vulnerables y aquellos que no pueden acceder al aprendizaje a distancia se ven aún más afectados, ya que corren un mayor riesgo de no regresar nunca al aula, y a veces se ven forzados al trabajo infantil e incluso al matrimonio infantil, según un informe de UNICEF avalado por la Asociación de Pediatría.

Nos preguntamos qué pasa con aquellos pequeños cuyos padres son trabajadores esenciales, ¿con quién se quedan, quién los contiene? ¿Están más seguros en las calles que en una burbuja con protocolos? ¿Y que pasa con las escuelas confesionales? Hemos visto a policías evitando el desarrollo de una misa y al mismo tiempo permitiendo que jóvenes concurrieran masivamente a Skate Parks. Ni hablar del fútbol, nuestro Presidente nos encierra y al mismo tiempo anuncia orgullosamente que la realización de Copa América no corre peligro, como no lo corrió el Boca River que ya ha provocado decenas de contagiados y ningún aislado preventivo. Business are business.

En muchos países se ha priorizado el contenido curricular difundiéndolo por medios masivos que permiten alcanzar de manera oportuna a toda la población estudiantil. Ni siquiera esto se está haciendo. Los grupos rezagados lo estarán aun más. El pobre será más pobre, intelectual, económica y socialmente.

“Hay niños que ya se quedaron sin aprender a leer ni escribir”, dijo Wilson León, profesor boliviano de primaria en Loman, Chuquisaca, una zona agrícola y ganadera con mínimo acceso a internet.

Pero no todo está perdido. Dentro de algunos años los niños van a preguntar: “¿qué hicieron ustedes duramente la pandemia, papis? Muchos sonreirán y dirán satisfechos: no bajamos los brazos, igual que otras madres hace décadas, protestamos, fuimos a tribunales, nos organizamos, luchamos por  tu futuro y por la salud de todos.

*Sergio Capozzi: Abogado, docente universitario, posee una maestría en Historia Política Contemporánea, consejero del Comité Olímpico Argentino, Árbitro Institucional.

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