¿Qué festejás, bobo? ¡Andá pa´ya!

Por Sergio Capozzi
PARA EL FEDERAL NOTICIAS

El domingo 18 de diciembre fuimos temprano, antes de las once de la mañana, junto a mi mujer, mi hija y mis nietos hasta el bar y restaurant Astor, ubicado en pleno centro del balneario Las Grutas, Río Negro. Pensábamos que íbamos a estar solos, o por lo menos con unas pocas mesas ocupadas. Gran error: quedaba una sola disponible y faltaba más de una hora para que comenzara el partido, la sexta final del mundo que tendría como protagonista a la Selección Argentina.

El bar era una fiesta. Si cerraba los ojos el clima me transportaba a más de diez mil kilómetros hasta el mismísimo estadio Lusail. Y si los entre abría, la cosa no variaba mucho porque las decenas de banderas, gorros, vinchas y camisetas celestes y blancas era lo único que se veía, mientras se cantaba a todo volumen Muchachos.

El próximo año voy a pasar por alto mi control cardíaco, no lo necesito. Si no me infarté por lo menos dos veces, es porque mi corazón está impecable. De otra manera no se entiende cómo pude soportar el tercer gol francés (no existe que te pongas 3-2 a los 113 minutos del suplementario y un minuto más tarde te emboquen otro gol). Tampoco puede ser que sobre la hora el Dibu Martínez haya tenido que estirarse como un arquero de handball para evitar con la punta del pie el cuarto de los gabachos (me bajaron todos los miedos, volví al año 2018 en Rusia). En los penales ya estaba más tranquilo, el monstruo no iba a fallar. El abrazo con un muchacho desconocido, muy humilde, que sentado a mi lado había tomado tres cervezas de litro, fue interminable. Los dos llorábamos y a poco estuvo de romperme unas costillas.

El delirio se trasladó a las calles. La autobomba de los bomberos haciendo sonar su sirena, la gente trepada a las letras gigantes del cartel de Las Grutas, frente al casino. Miles de personas, imagino que casi todos los que estábamos en la ciudad, reíamos, cantábamos, nos saludábamos como si ese triunfo fuera nuestro, como si las cábalas hubieran sido fundamentales para lograr el título y ni hablar de las promesas que habrá que cumplir para que la maldición de los holandeses y franceses no se cumpla y en el 2026 La mosca estrene otro hit esencial para ganar la cuarta.

El lunes fue pura y exclusivamente destinado a ver y leer todo lo relacionado con la final, tanto en medios argentinos como extranjeros. En uno de los diarios me encontré con una foto: una pirámide humana sobre la fuente Pucará ubicada en la costanera de Viedma, su autora es Vanesa Schwemmler. El impacto fue de knock out.

Desde hace siglos millones de personas se detienen extasiadas para admirar el majestuoso cuadro de dimensiones colosales que se exhibe en el museo del Louvre y cuyo autor es Eugène Delacroix. La obra se llama La libertad guiando al pueblo.

Lo que ese genio francés (ironía del destino) representó, es al pueblo de París revelándose contra el rey Carlos X que había suprimido el parlamento y restringido la libertad de prensa.

Fue para mí un lunes perfecto que quería disfrutar al máximo porque como en todos los cuentos de hadas el hechizo se termina, el malvado aparece y la magia cede ante la desgarrante realidad.

El martes desperté con los tironeos políticos que me corrían la sábana. Abrí los diarios y ahí estaba. No habían trascurrido 48 horas y las aves de rapiña comenzaban a revolotear. Algunas con hábitos nocturnos habían volado hasta Ezeiza. La habilidad de Chiqui Tapia las espantó. Tan efectivos fueron los espanta pájaros que el intendente de Merlo, Gustavo Menéndez, optó por recurrir a un doble de Messi para hacer su spot de campaña. De lo más bizarro que he visto.

A medida que transcurrían las horas la incertidumbre crecía: ¿van a la casa de gobierno o todavía les quedan piernas para realizar la mejor gambeta? Y sí, quedaban fuerzas. Desde tiempos de Mussolini que no ocurría esto, los jugadores y el cuerpo técnico decidieron festejar con el pueblo, con ese del cual forman parte, a pesar de los comentarios de un periodista oficialista que los llama “desclasados”.

¿Desclasado Messi? Es probable que ese periodista no sepa que el ganador de siete balones de oro, el que más títulos ha obtenido en la historia del fútbol mundial, costea de su bolsillo los vuelos para participar de las eliminatorias, que dona gran parte de sus ingresos a infinidad de entidades de bien público y que aún permanecen retenidos en la aduana los respiradores que donó hace casi tres años cuando miles de personas fallecían a causa de complicaciones respiratorias. Los desclasados arriesgan y pierden plata por jugar en Sud América y si lo que digo no basta, le sugiero leer o escuchar la nota firmada por Hernán Casciari que lleva por título “La valija de Lionel” y si no recapacita es que no tiene sangre en las venas o las anteojeras políticas le impiden ver más allá de la caja de donde sale su sueldo.

“Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”, escribió Machado y cantó Serrat. Y ahí estaba. El señor presidente y el señor superministro tuvieron que quedarse con unas treinta hermosas medallas en las cuales se grabó “el pueblo a sus campeones”, con firma y todo. El cotillón y los sandwichitos los deben de haber comido junto a Mayra, Wado y Gabriela que por esas horas ya habían vuelto de Ezeiza con una selfie como único trofeo.

Comenzó la marcha. La manifestación popular deportiva más grande de la historia. Más de cinco millones de personas apretujadas en las calles para ver pasar al micro con los jugadores. Cuando en la casa Rosada se enteraron que el recorrido no la incluía dejaron a la caravana a la mano de Dios, no del Diego, del otro.

Muchos pacatos que veían las imágenes por televisión se escandalizaban por los grasitas y sus excesos, como si no se cometieran en las Lollapalooza o como si los asesinos de Villa Gesell hubieran sido fanáticos de un club de fútbol de la B y no jugadores de rugby. Para ser honestos, bastante bien salió la cosa.

Siguiendo con Serrat: cuando terminó la fiesta cada uno volvió a su lugar, por una noche se olvidó que cada uno es cada cual. El avaro volvió a sus divisas, el pobre, más del 40% de la población, a sus pobrezas. Y el gobierno se quedó con la resaca a cuestas.

Pero no se acabó, no era el final. Es que apareció en escena otro jugador que marcó un gol sobre la hora. Cuando el año judicial ya estaba terminando y los abogados hacían sus valijas, la Corte embocó un tiro de media distancia haciendo lugar a una medida cautelar por la cual el gobierno nacional le debe devolver a la ciudad autónoma de Buenos Aires (mientras dure el juicio) las sumas retenidas por la coparticipación mal calculada.

La reacción del señor presidente, “respaldado” por unos 14 gobernadores, fue desobedecer el fallo. Anunció a los cuatro vientos que no iba a cumplir el mandato del Tribunal Superior de la Nación. Los constitucionalistas, penalistas, y todos los “istas” que se les ocurran, coincidieron en que era el acto en contra de la institucionalidad más grave que ha sufrido el país. Hasta recordaron que la junta militar no se había atrevido a desobedecer un fallo (recordemos la puesta en libertad del periodista Jacobo Timerman).

Otra vez vuelve a mi cabeza la obra de Eugène Delacroix, La libertad guiando al pueblo. Lo que pasó el domingo 18 fue más que la obtención de un título mundial, fue una cachetada a los políticos. Millones que se movilizaron sin que nadie los arreara, sin una bandera que no fuera la argentina, vitoreando a un equipo. Fue el tomar conciencia que al otro Lionel, ese que los periodistas no se habían cansado de defenestrar lo mismo que al Fideo (con goles en las tres últimas finales y que nos dio una medalla olímpica de oro) el mismo que una semana antes del inicio del mundial había dicho ”ya son grandes, cada uno sabe lo que tiene que hacer,” no le había temblado la mano para meter los cambios que llevaron al título. Nos hizo comprender que en base a mérito, trabajo, esfuerzo y disciplina se puede obtener hasta lo impensado.

La libertad de Delacroix y el grupo humano encaramado en la fuente Pucará de Viedma indican el camino. Por eso, a los otros, a los que pensaban que se podían apropiar del campeonato, les decimos: ¿Qué festejás bobo?, ¡anda pa´ya!

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