Perdidos en la traducción y la queja

Por Gisela Colombo*
PARA EL FEDERAL NOTICIAS

Un tal Edgardo

En la temprana experiencia que tiene un docente existen cada día más incongruencias. Es lógico, si pensamos que los niños y los adolescentes están en estado de formación y oscilan entre unas y otra actitudes permanentemente, enfocados especialmente en hallar su identidad.

Pero no. No son los niños a quienes me refiero. Hace unos años daba yo clases de Literatura en un colegio pampeano cuando llegó al aula la Directora. Traía una inquietud: ¿qué les estaba enseñando a los chicos?

La madre de uno de ellos se había acercado al colegio horrorizada porque desde la clase de lengua se fomentaba la violencia y el crimen. Creo que mi pera estuvo cerca de las rodillas sin que, en ningún momento, y en ningún sentido, hiciera una genuflexión.

La Directora, una persona inteligente y de gran sentido común, esperó fuera del aula y cuando tocó el timbre me abordó. Fue entonces cuando me enteré de que un tal «Edgardo» habría sido el responsable. Fuimos y vinimos entre las opiniones de la mujer y mi relato de lo que habíamos estado trabajando en las últimas lecciones. Volví a indagar sobre el texto en cuestión y en un tris supimos, tanto la Directora como yo, que la mujer se refería a un cuento llamado «El corazón delator». El tal Edgardo se metamorfoseó instantáneamente y pasó de ser un inicuo propagador de la violencia a ser nada menos que Edgar Allan Poe. Un clásico inevitable cuando se trata del género del cuento. No sólo por las maravillas ficcionales que escribió, sino también porque la tradición lo ha reconocido como el «creador del cuento moderno». Su poética del relato breve que llamamos cuento prevalece hasta el día de hoy después de casi dos  centurias.

Después supe por el mismo hijo de quien reclamó que tenía permiso pleno de su madre para ver todas las películas de acción, terror y violencia que quisiera.

Este tipo de fenómenos ocurren todo el tiempo. Y parecen ser una combinación de sentido crítico, vocación de reclamo e ignorancia sobre lo que se reclama.

En los últimos meses ocurrió un hecho que me recordó esta experiencia. En EEUU estalló una polémica de dimensiones contra una firma productora de útiles escolares.

No era por un tal Edgardo, pero exhibía igualmente un desconocimiento y una afición por alzar la voz para la condena sin siquiera tomar el trabajo de informarse.

En efecto, Crayola, la firma que vende lápices en numerosos países, recibió una denuncia por racismo. ¿El motivo? Los lápices tienen grabado el color en tres idiomas diferentes para cumplir con una intención didáctica.

El negro es el problema

En efecto, el lápiz que generó el grito en el cielo de un usuario de twitter y la ola de denuncias posteriores, fue el de color negro.

La palabra «negro» en la sociedad norteamericana sirve para referirse peyorativa y xenofóbicamente a un sujeto de «color» (por las dudas lo digo así, no sea que esto llegue a manos de un angloparlante). Pero el lápiz rezaba en la parte inferior tres términos: «black» –en inglés–, «noir» –en francés– y, finalmente el incendiario «negro» –en español–. La empresa debió emitir un comunicado de prensa que se limitaba a aclarar que “negro” es la traducción literal  al español del color «black».

Quienes alzaron las voces y reclamaban compensación, quizá deban solicitar antes un curso de español.

Quizá el mismo destino debieran tener los fundamentalistas que sostienen que la industria aviar, cuya perversión no reconoce límites, sustenta su enriquecimiento en el abuso, con acceso carnal, que perpetran los gallos, contra las gallinas, con la connivencia y complicidad de los capitalistas que sostienen las empresas dedicadas a esa actividad. Y otras tantas situaciones absurdas que provocan la ignorancia y la vocación de queja cuando confluyen en los ánimos de una sociedad.

La yapa

Esto me recuerda a un traductor de Borges que debía traducir al inglés el parlamento de un indio, que por no extender la agonía, le pedía al degollador que lo rematara piadosamente. Decía «mate, capitanejo Payé quiere morir». Y lo resolvió abriendo una aclaración a pie de página que decía: «Mate: infusión criolla que se succiona con un adminículo llamado bombilla». Tal acepción quizá le pareció más afín a los hábitos vernáculos que la clemente eutanasia de un moribundo. Esto lo narra Alifano en su libro El humor de Borges, quien todavía se estará riendo, donde quiera que esté.

*Gisela Colombo es Licenciada en Letras. Ha escrito novelas, poemas y adaptaciones de obras de teatro. Ha colaborado en suplementos literarios y culturales. Es columnista en diferentes publicaciones mientras continúa con su labor docente.

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