Manuel Belgrano

Por Sergio Capozzi*

Por  alguna razón que desconozco, en la Argentina se conmemoran los fallecimientos de nuestros personajes históricos y no sus nacimientos; tal vez tiene que ver con nuestro espíritu tanguero. Lloramos sus pérdidas y no celebramos las fechas en las cuales recibimos la gracia de contar con ellos. Para no quebrar esta tradición, el 20 de junio corresponde recordar a Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano. Doscientos años han pasado desde esa fecha trágica, no sólo por la muerte del prócer, sino porque ese día nuestra patria atravesaba uno de los momentos más oscuros de su historia, con Ildefonso Ramos Mejía, Miguel Estanislao Soler y el propio Cabildo de Buenos Aires autoproclamándose -simultáneamente- gobernadores de Buenos Aires. Este record (tal vez mundial) fue superado por nosotros mismos en noviembre de 2001, cuando tuvimos cinco presidentes.

En la escuela primaria ya nos contaron algo sobre quién y qué había hecho a lo largo de su vida; que creó la bandera, fue militar ganando y perdiendo batallas y que murió en la pobreza. Y poco más. Si paramos por la calle a algún joven seguramente nos llevaremos una desagradable sorpresa, tal vez nos diga que Belgrano es un club de fútbol con camiseta celeste y cuyo mérito mayor fue mandar a River a la B (lo cual también es verdad, y a muchos nos provoca una sonrisa). Ahora, si a ese mismo joven le preguntamos el por qué de la elección de ese nombre, ahí se le complica.

No es la idea debatir sobre a quién se le debe llamar Padre de la Patria. Puedo conceder semejante título (aunque no soy nadie para otorgarlo) al general don José Francisco de San Martín (es más, uno de mis hijos lleva esos nombres), pero si él es el titular, Belgrano es el primer suplente.

Este abogado, economista, periodista, político, diplomático y militar, tomó   notoriedad al participar en la defensa de Buenos Aires durante las dos Invasiones Inglesas, pero su vida púbica había comenzado mucho antes.

Su padre, Doménico Belgrano e Peri, fue un destacado comerciante de Buenos Aires y estaba convencido de que su hijo tenía que recibir la mejor educación posible, aquella que recogiera los principios y valores de la reciente revolución francesa.

Es por eso que luego de finalizar sus estudios en el Colegio San Carlos (actual Colegio Nacional Buenos Aires), Manuel viajo a Salamanca y Valladolid, donde a los 18 años de edad se recibió con medalla de oro como bachiller en leyes. Como le sobraba un poco de tiempo, aprendió a hablar fluidamente latín, inglés, francés, idiomas a los cuales sumó el castellano y el italiano paterno. Como quería especializarse en el derecho comercial, a sus lauros sumó estudios sobre economía política, lo que lo llevó a ser el primer presidente de la Academia de Práctica Forense y Economía Política de Salamanca.

De regreso en el Río de la Plata, Belgrano fue nombrado Secretario del Consulado de Comercio de Buenos Aires , organismo que se ocupaba de la administración de justicia en pleitos mercantiles y de fomentar la agricultura, la industria y el comercio. Desde ese lugar planteó ideas revolucionarias, fundamentalmente las vinculadas con el libre comercio. Una y otra vez chocaba con las autoridades del reino, que -obviamente- estaban cómodos con el monopolio del virreinato. Ello lo llevó a volcarse a la educación, fundando la Escuela de Náutica y la Academia de Geometría y Dibujo. Belgrano, a través del Consulado, también abogó por la creación de la Escuela de Comercio y la de Arquitectura y Perspectiva. Todo esto lo llevó a participar de la creación del Telégrafo Mercantil, primer periódico especializado de América Latina.

Producida la Revolución de Mayo, continuó teniendo una destacada participación, tanto en el Cabildo Abierto del 22 como en la integración de la Primera Junta donde se desempeñó como vocal.

En su autobiografía se puede leer: “Me hallaba de vocal de la Junta Provisoria cuando en el mes de agosto de 1810, se determinó mandar una expedición al Paraguay. La Junta puso las miras en mí para mandarme con la expedición auxiliadora, como representante y general en jefe de ella; admití porque no se creyese que repugnaba los riesgos, que sólo quería disfrutar de la Capital, y también porque entreveía una semilla de desunión entre los vocales mismos, que yo no podía atajar, y deseaba hallarme en un servicio activo, sin embargo de que mis conocimientos militares eran muy cortos”. Basta leer estos párrafos para tener de la verdadera dimensión de este ser excepcional. Tenía una vida cómoda, dinero, cargo, pero no dudo un instante en poner todo en juego y sin tener experiencia alguna ir hacia una muerte casi segura. El resultado de esa expedición es conocida.

No bajó los brazos y un año más tarde estaba al mando del Ejército del Norte. Creó nuestra enseña patria, a la cual hizo jurar por sus tropas ocasionando el enojo de los burócratas porteños que ordenaron destruirla, cosa que, claro, Belgrano no hizo.  A estos eventos le sucedieron tres páginas gloriosas, el Éxodo Jujeño y las batallas de Salta y Tucumán que sellaron el camino a la definitiva independencia de las Provincias Unidas del Sud.

Manuel Belgrano, con mucho riesgo para su vida, viajó a Europa y Brasil como diplomático. Se entrevisto con tres reyes tratando de obtener de ellos el reconocimiento de nuestra independencia. A su regreso, el 6 de julio de 1816, expuso ante los diputados del Congreso de Tucumán, la propuesta de instaurar una monarquía que ofrecía el trono a los descendientes de los Incas. Probablemente el título correspondería a Juan Bautista Túpac Amaru, único hermano sobreviviente conocido del inca Túpac Amaru II. También proponía un gobierno de tipo parlamentario, con el objeto de lograr el pronto reconocimiento a nivel internacional de la independencia argentina y a su vez atraer la adhesión de las poblaciones incas de las actuales zonas andinas de Bolivia, Perú y Ecuador. Estas ideas eran compartidas por San Martín y Bernardo de Monteagudo, uno de los principales promotores de la Declaración de la independencia de las Provincias Unidas en Sud América, en San Miguel de Tucumán, el 9 de julio de 1816.

Continuó en el Norte hasta que su frágil estado de salud dijo basta. Llegó a Buenos Aires en plena anarquía del año ‘20, ya seriamente enfermo de hidropesía. Esta misma enfermedad lo llevó a la muerte el 20 de junio.

En su lecho de muerte fue examinado por el médico escocés Joseph Redhead. Ya estaba sumido en la pobreza, los únicos dineros que había obtenido como recompensa por sus campañas militares los había donado para la construcción de cuatro escuelas, dos de las cuales fueron construidas 190 años más tarde. Al no poder pagarle los honorarios al médico, quiso darle un reloj como pago; ante la negativa de éste a cobrarle, Belgrano tomó su mano y puso el reloj dentro de ella. Se trataba de un reloj de bolsillo con cadena, de oro y esmalte, que el rey Jorge III de Inglaterra le había obsequiado.. Tiempo más tarde, la familia del médico Redhead entregó el reloj al Museo Histórico Nacional, de donde fue robado en el año 2007.

Escribo estás líneas y, además de sentir orgullo porque mi país ha contado con semejante prócer, siento vergüenza. Vergüenza por un gobernador que acaba de confundir el homenaje a Juan Martín de Güemes con el aniversario de la muerte de Manuel Belgrano, vergüenza cuando desde el ministerio de Cultura y Educación de la Nación conmemoran el aniversario del nacimiento de Ernesto Guevara y no dicen nada sobre el aniversario de la muerte de Jorge Luis Borges. Cuando yo era chico leí El libro del Che, un supuesto diario de guerra; ignoro si escribió algo más. En cuanto a Borges, ese sí que aportó algo a nuestra Cultura; habría que avisarle al señor Ministro.   Siento vergüenza cuando se designa ministro del Exterior a una persona que no habla ningún otro idioma que el natal. Siento vergüenza por las exhibiciones obscenas de sindicalistas y políticos de sus riquezas mal habidas.

Si algo bueno tiene la pandemia, este aislamiento social que estamos atravesando desde hace unos cien días, es que le han recomendado al Señor Presidente que no viaje a Rosario para celebrar el día de la Bandera. Yo tampoco se lo recomendaría, Belgrano no se merece tal ofensa.

*Sergio Capozzi: Abogado, docente universitario, posee una maestría en Historia Política Contemporánea, consejero del Comité Olímpico Argentino, Árbitro Institucional.

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