Mamá, un cuento de Mariano Alende

Todo comenzó tan de casualidad que me cuesta creer que no sea cuento. Por eso ahora que te veo tan oronda y satisfecha, arrellanada sobre ese sofá como si fueses una boa que acaba de tragarse un ternero y se dispone a pasar meses digiriéndolo, confieso que me molesta. Aunque, quién sabe Angélica, tal vez haya personas cuya maldad ocurre de una forma tan espontánea y natural, que les llega a la conciencia o al alma o adonde sea que se aloje la maldad como una revelación que se vuelve concreta aun antes de que estén claros sus fines, incluso antes de que ellos mismos sepan que lo que están ejecutando es un hecho dañino y destructivo. Vos estabas a espaldas de mamá. Me miraste y miraste luego el cuadro. Era una de esas fotos antiguas, rodeada de un marco de madera de cedro barnizado, ancho y oblongo; la cubría un cristal grueso, levemente abovedado, que acaso era lo único bello que tenía. Lo que más te molestaba -me lo dijiste hace unos años, aunque vos probablemente no lo recuerdes, porque esa noche habíamos jugado a la canasta hasta la madrugada con mamá y vos habías abusado del anís- era que la foto estuviese coloreada tan espantosamente, que los labios fuesen de ese rojo carmesí tan femenino, que los cachetes estuviesen torpemente sonrojados sobre el rostro pastel macilento, que los ojos estuviesen tan muertos, en verdad, como lo estaban los del modelo original de esa foto: el bisabuelo Ulpiano. El coronel Ulpiano Rodríguez Aranda, que posaba en esa foto con su uniforme verde lagarto y unas jinetas desproporcionadamente grandes, insoportablemente simétricas. Me miraste e hiciste una mímica breve y furtiva con tus labios, moviendo rápidamente la mano derecha. Fuiste clarísima: -¿Este cuadro lo podríamos tirar a la mierda, no?- entendí que me decías sin decir, apenas frunciendo el ceño y arrugando la nariz. Te dije que sí, no me acuerdo si con la voz o con gestos, para que vos, en un movimiento resuelto y sigiloso, felino, lo descolgaras y lo perdieras para siempre en la vereda, a la espera de un curioso o de un coleccionista de antigüedades o simplemente de los basureros. No mientas Angélica, no te jactes tanto de tu genio; tuviste suerte, por dos motivos: porque esa tarde mamá estaba cansada y porque el cuadro era realmente un abuso del mal gusto y, tarde o temprano, alguno de los dos iba a tener el coraje de pasar al coronel a mejor vida. Fuiste vos, sin saber que esa arbitraria decisión, tomada en el ocaso de un sábado cualquiera, iba a terminar en lo que terminó. Aunque debo reconocer que cuando mamá se dio cuenta, clavando la vista sorprendida en el espacio vacío donde debía estar el cuadro, yo me incomodé y llevé mi mirada al suelo, sin saber qué respuesta dar, mientras que vos actuaste con esa prestancia para la farsa que solo pueden ejercer los ejemplares de tu laya.

— ¿Qué pasó con el cuadro del abuelo Ulpiano?- preguntó mamá, en un tono que con el correr de la frase iba sonando a reproche. Y vos, Angélica, (¿Cómo se te ocurrió? ¿Qué percibiste ese día, ese día y no otro, mucho antes?) corriendo lentamente la vista del libro que leías, mirándola con un gesto de sorpresa tan bien compuesto que me cuesta creer que no lo hayas ensayado mil veces frente al espejo: 

— ¿Qué cuadro mamá?

— La foto del abuelo Ulpiano, la que estaba ahí- dijo ella. Para mí sería más cómodo creer que eso también fue pura suerte pero, honestamente, no creo que haya sido así: vos habías leído ese rostro, habías percibido la difusa nube de confusión que los años habían madurado lentamente en esa mirada otrora luminosa y vigilante, habías cronometrado -en la vaga unidad del tiempo humano, no el astronómico- la cadencia, ahora sutilmente ralentizada, de esos sonoros pasos que taconeaban sobre el viejo parquet; en suma: te habías dado cuenta de que mamá no era la misma, Angélica, que aun esa complexión de arrogancia granítica podía volverse permeable al trabajo inclemente del tiempo. Entonces actuaste con la implacabilidad de la paciente araña: hiciste una pausa, te pusiste seria, y falseaste la sorpresa por un brevísimo instante, pero después dejaste caer tus pómulos como vencidos y cerraste un poco los ojos -que habías abierto acaso desmesuradamente- y soltaste una frase perfecta e hiriente como una aguja hipodérmica clavándose en la autoestima de mamá, inyectando la duda insidiosa:

— El cuadro, sí. Ya hace como tres años que no está ahí, mamá -y después de una pausa que simuló ser de comprensión- No hay problema mamá, debe estar en algún lado en el sótano. Lo volvemos a poner, lo volvemos a poner.

¿Cómo supiste, Angélica, que mamá –aunque después haya girado sobre los talones para darte la espalda y haya mascullado un “estúpida” desdeñoso como un escupitajo que iba dirigido a vos- se iba a quedar estupefacta por una fracción de segundo, con los ojos anonadados, fuera de foco, apuntando vagamente  a la pared ahora blanca y vacía, y se iba a llevar confundida la punta de esas manos huesudas, resecas y apergaminadas a los labios, es un instante de confusión que jamás había existido en ella hasta entonces?

Así empezamos. Me arrastraste a ese juego, al que vos entraste con la decisión del asesino que lo ha pensado todo hasta el último detalle y yo apenas como un cómplice medroso que ve en cada movimiento el cabo desatado que arruina el crimen perfecto. Empezaste por sutilezas: medidos cambios que buscaban trabajar en  los estratos más profundos, bien por debajo de la conciencia. Levísimas alteraciones de las que mamá no podía percatarse pero que la iban incomodando, minándola lentamente, corroyéndola como termitas. Recuerdo -no sin vergüenza- la noche en que yo sugerí esconderle los zapatos: la mezcla de indulgencia y decepción con la que me miraste, sin decir palabra. Todavía no, había que ir despacio. Un día le recordaste una conversación que nunca había  existido: -Como dijiste el otro día, mamá- le deslizaste como introducción, y luego una reflexión lúcida como una moraleja irrefutable, que la pobre no debe haber terminado de escuchar, absorta como estaba intentando recordar cuándo cuernos había dicho eso. Le cambiabas el dial de la radio. Le rellenabas la botella de vino cuando ella estaba segura de estar por terminarlo. Te cambiabas el peinado de la mañana a la tarde, negando rotundamente haberlo hecho. Le prendías un cigarrillo y se lo dejabas en el cenicero mientras ella fumaba el que había prendido recién. Le hablabas de personas que ella no conocía como si fueran cotidianos visitantes de la casa. Y cuando ella -todavía digna, lo recuerdo- te mandaba a la reputísima madre que te parió, te callabas la boca, la mirabas con una sutil mueca de benevolencia comprensiva, y cambiabas de tema. Después te diste al sistemático trabajo de cambiarle  el señalador de página, siempre un par de páginas adelantadas, lo cual la dejaba siempre desconcertada. Hasta que un día decidiste cambiarle el libro. Y entonces yo creí que te habías pasado de la raya, y otra vez vos me sorprendiste con ese talento para negarlo todo sin que te temblara un músculo de la cara, para fingir no entender demasiado de qué hablaba ella cuando se quejaba de que ese no era el libro que estaba leyendo. Lo hizo unas cuantas veces; a la cuarta o quinta, se devoró sin chistar una biografía de Abraham Lincoln empezando desde la página 211. Un día cambiaste el sofá de lugar, apenas lo suficiente para que la memoria locomotriz que ella había desarrollado en la oscuridad durante más de cuarenta años no acertara a dar con él al cabo del número exacto de pasos que tantas veces había dado llegándose desde la habitación. Por cada historia que inventabas, había otra que negabas. Fuiste ganando confianza; debo decir: fuimos ganando confianza. Porque cuando los meses fueron pasando y el juego fue perdiendo sutileza, cuando, por ejemplo, juzgaste pertinente levantarte en medio de la noche para dejarle las pantuflas en el medio del jardín, yo también pude soltarme y ejercer mis fechorías ya sin tanto temor de arruinarlo todo.  Coronaste tu labor cuando empezaste a hablar de la necesidad de descansar, alegando que todos necesitábamos despejarnos cada tanto, aún los jubilados, y te ofreciste a acompañarla unos días a Pehuencó, a parar en la casa del tío Isaías. Ella se negó con la rotundidad de antaño, pero no se animó a preguntar quién carajo era el tío Isaías.

¿Sabés qué, Angélica? En el fondo, yo alcanzo a vislumbrar cómo te diste cuenta de que todo eso podía funcionar. Mejor dicho -y permitime que aquí ejerza la prudencia en el juicio, que habilite un margen para la duda, eso que yo tengo en tan alta estima y que vos considerás mi gran flaqueza- tengo una hipótesis que, si se tratara de otra persona y no de una alimaña inclasificable e indescifrable como vos, sería una certeza: vos entendiste que esa mujer altiva, resuelta y autosuficiente, autoritaria y fuerte, era un torbellino de vida brutal agitándose sin control dentro de un cuerpo menudo y frágil. Que su carácter arrollador e imponente era apenas el desfogue necesario de un tumulto interno que ella necesitaba descargar sobre la humanidad de los otros, y que cuando vos o alguien pudiera hacerle errar sus dentelladas, cuando esa pujanza agresiva empezara a rebotar dentro de ella sin poder ser dirigida a los demás, el puñal de su maldad iba a empezar a lacerarla, a destruir sus estandartes, su orgullo, su firmeza y, finalmente, su vida. Te digo más, Angélica: lo supiste porque vos estás hecha de la misma esencia, solo que en vos el fenómeno ha obrado en una secuencia inversa: fuiste sumisa durante años, dejaste que el fuego te ardiera  por dentro y te llagara inmisericorde el alma durante toda tu vida, convirtiendo en cenizas todo lo accesorio, lo innecesario a tus fines, cauterizando toda sensibilidad, hasta que pudiste liberar esas llamas y darles cauce hacia el mal, y entonces sentiste un alivio que acaso sea lo más parecido a la felicidad que hayas sentido nunca. Enseguida supiste que no había vuelta atrás: eso, que durante tantos años habías ignorado, era la vida. Y pensar que todo fue tan fortuito, tan inesperado. Y que, al final, tuviste suerte, porque entonces ella empezó a hacer su parte. Un día se olvidó la sartén en el fuego y vos te encargaste del desastre de humo y huevos carbonizados sin siquiera hacerle un reproche (recuerdo cómo miraba el desastre sin creer lo que estaba pasando, cómo se apoyó cansadamente sobre la mesa del comedor, cómo se retiró a su cuarto sin emitir palabra). A los pocos días se cayó en la bañadera. Empezaron las visitas al médico, y no sé cómo lo hiciste, pero lograste que cada palabra dicha por ese médico pareciese una farsa. Hasta yo, en algún momento, sospeché que él también era parte de la conjura: -No se haga problema abuela, son cosas que pasan ¿La memoria? Usted del bocho está mejor que yo, no se me ponga ñañosa-. Y vos sonreías tanto, asentías con tanta vehemencia, que era imposible no dudar. Ella, por su cuenta, se compró un bastón. La recuerdo perfectamente, acercándose a mí lentamente, apoyándose en el bastón nacarado a cada paso que daba, para preguntarme si yo sabía algo, si vos le estabas ocultando algo. Yo sé que vos suponés que todo lo tramaste y lo ejecutaste únicamente vos, pero yo ese día aporté mi granito de arena, negándoselo con énfasis al tiempo que intentaba cambiarle de tema sospechosamente rápido, hablándole de las plantas y no sé qué otras pavadas que juzgué lo suficientemente superficiales como para tapar algo grave y doloroso.

Empezó a temer lo obvio: la pesadilla del asilo, el hospicio adonde van a fenecer los viejos dementes. Te confieso que yo -que a veces me compenetraba tanto en la trama, hasta olvidar que todo era una farsa- asumía por momentos ese desenlace como inevitable. Entonces vos, sin que nadie lo preguntara ni lo mencionara, percibiendo la inquietud que flotaba en la atmósfera densa de los largos silencios de la cena, te despachaste con un manifiesto lleno de histrionismo en contra de cualquier cosa que se pareciera a eso. Hablaste de la familia, del derecho a morir donde se ha vivido, de la crueldad de esos basurales de la sabiduría humana. Ni me acuerdo con qué excusa lo hiciste, Angélica. A partir de entonces la noté más reposada, no diré feliz, pero al menos en calma: entregada. Empezó a prolongar sus siestas, a merendar en la cama. No volvió a teñirse ni a maquillarse. Cambió los libros por los crucigramas, la música clásica por las noticias radiales; un día la encontré hablando sola y sin embargo -lo verdaderamente sorprendente es esto- no acusó el más mínimo gesto de vergüenza cuando notó que la había descubierto en tan íntimo trance.

Fue una mañana de noviembre, cómo olvidarlo. Vos y yo desayunábamos solos en la cocina. Ella seguía en la cama. La sentimos toser, quejarse mientras giraba sobre la cama ruidosa y desvencijada. Lo supiste todo. Abriste la puerta del departamento y apareció ese tipo; aun hoy no sé quién era. Se sentó a la mesa, silencioso, expectante y frío como un profesional de la mentira. Ella nos llamó. Fuimos los tres. Naturalmente, ella lo miró, pero no con aquella mirada censora con la que siempre había fulminado lo que juzgaba inapropiado, sino con una llena de espanto y escozor.

— ¿Usted quién es, joven? -dijo ella.

Te ruborizaste, no sé cómo lo lograste. Él te miró, se levantó de la silla sin decir palabra y salió de la pieza para siempre.

— Quedate Hugo- dijiste — Es Hugo mamá, mi marido. No importa mamá, no es nada.

Y como si explotara en tu interior una angustia contenida, te deshiciste en llanto y abandonaste el cuarto. Ella no volvió a hablar. El día en que falleció, casi me creo que estabas triste. Acaso lo estabas, al ver tu obra finalizada, sospechando que al día siguiente no sabrías si podrías volver a ser la misma, ahora que la justificación de cada segundo de tu existencia había muerto junto con mamá.

Angélica, te juro que no puedo creerlo. Hace semanas que no duermo. Probé escuchando música, poniendo la radio a todo volumen, pero no puedo olvidarlo. Suenan como una letanía en cada rincón de la casa, invadiendo cada instante de mi vigilia, tu llanto desgarrado, tus gemidos acongojados, tus apneas estremecedoras, cuando el cajón bajaba lenta y temblorosamente hacia el fondo de la tumba y las primeras paladas de tierra empezaban a caer sobre mamá.

Postdata del 14 de enero de 2006

Finalmente nunca te di esta carta. La escondí celosamente entre mis libros, temiendo cada día que la encontraras. Entonces ya te detestaba, no necesito aclararlo. Pero nunca pensé que me ibas a pagar de esa manera. Al principio concebí la idea de que, ya sin mamá, podríamos ser felices. Es que la casa se llenó de un brío que nunca antes había tenido. Nos deshicimos de su ropa, de su olor, de sus cuadros vetustos. Pudimos ir y venir por los pasillos y los cuartos sin percibir su mirada de reconvención y censura. Reacomodamos la biblioteca como siempre habíamos querido: por primera vez la sentimos nuestra. Salíamos a caminar por Alsina o por Alem, llegábamos al parque de Mayo, nos perdíamos por las calles sinuosas y azarosas del Palihue. Era una vida nueva dentro de la vida. No podría precisar cuándo empezaste a cambiar. Un día te hablé del viaje a Europa que veníamos planeando; me miraste extrañada y me dijiste que no sabías de qué te estaba hablando. Al llegar a casa busqué los folletos de la agencia de viajes, para recordártelo, preocupado por tu salud mental. Sé que yo los había puesto en el aparador, bajo la caramelera de porcelana, pero no pude encontrarlos. Enseguida me di cuenta de lo que estabas haciendo: -No te hagas ilusiones Angélica, yo sé bien que no estoy loco. Yo no soy mamá -te grité. Me miraste con furia redoblada:

— No sé de qué me hablás -me dijiste, con un gesto que no puedo describir con palabras.

No supe qué responder. Me has destrozado, Angélica. Quisiera arrodillarme a tus pies y rogarte que no me mientas, que me digas la verdad. Pero no me animo. Angélica, yo sé bien que es la segunda vez que termino Absalom, Absalom, pero siempre lo encuentro en la mesa de luz, con el señalador en cualquier página, y no puedo evitar prender la lámpara de pie, sentarme en la mecedora, y seguir leyéndolo, cuando las lágrimas me lo permiten, con la esperanza de terminarlo algún día.

Por Gisela Colombo
PARA EL FEDERAL NOTICIAS

Gisela Colombo es Licenciada en Letras. Ha escrito novelas, poemas y adaptaciones de obras de teatro. Ha colaborado en suplementos literarios y culturales. Es columnista en diferentes publicaciones mientras continúa con su labor docente.

Instagram: @gisela.colombo

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