Lectura hedonista y transformadora

Por Gisela Colombo*
PARA EL FEDERAL NOTICIAS

Entre las múltiples actividades que desarrolló Jorge Luis Borges en torno de la literatura también se cuenta la tarea docente. Durante años se desempeñó como profesor universitario en varias casas de estudio. Pero fue en la Universidad de Buenos Aires donde dictó el ya célebre curso de Literatura Inglesa de 1966. El trabajo de investigación, edición, traducción y reconstrucción que realizaron Martín Hardis y Martín Arias se convirtió en un libro titulado «Borges profesor. Curso de literatura inglesa en la Universidad de Buenos Aires», cuya primera edición data del año 2000. En 2019 se reeditó y con ello se renovó la posibilidad de asistir a esas clases que sólo unos privilegiados pudieron presenciar. Gracias a ellos fue posible reunir el material (apuntes, grabaciones) que sirvió para reconstruir el curso.

«Borges profesor…» recoge clase por clase lo que explica el docente y ofrece fragmentos de varios textos que se leen y analizan. La británica era una de sus literaturas favoritas, por ello cuando le ofrecieron la titularidad de la cátedra de Literatura Alemana, él mismo se propuso para la inglesa.

Las primeras clases las destina el profesor a los movimientos de pueblos germánicos en la región según han sido reflejados por textos medievales. El Beowulf, El Fragmento de Finnsburgh, La Oda de Brunanburh, La Balada de Maldon, La visión de la cruz y La batalla de Hastings son algunos ejemplos de los poemas que atiende Borges en esas primeras clases.

En las siguientes jornadas propone el estudio de Samuel Johnson, y mediante su exposición ya deja ver algo muy interesante. Sus clases no calcan las metodologías ni los intereses del estructuralismo, del formalismo ni de la semiótica que caracterizan a muchas de las cátedras de las Universidades argentinas. En cambio, proponen el objeto de estudio con una mecánica más tradicional. Estudia, en primer lugar, al autor, su individualidad, su psicología, las experiencias transformadoras que lo van constituyendo; luego habla de las fuentes, de los poetas en que se inspira para su creación; el marco histórico y el estado de la cuestión respecto al tema que trata. No concluye hasta brindar el relato de los argumentos de los principales productos del autor, los que narra con entusiasmo. En ocasiones, como es el caso de Johnson, caracteriza al poeta con mayor fuerza que a sus creaciones.

Aunque es evidente que le interesan mucho más las individualidades que las Escuelas o Movimientos Literarios, desde la clase undécima se sumerge en el Romanticismo. Y lo hace comenzando por lo que considera la génesis, surgida mucho tiempo antes y en Escocia con James Macpherson. Continúa con William Wordsworth, Samuel Coleridge, William Blake y Thomas Carlyle.

Este grupo de autores es en quienes pone la mayor emoción. Y en un esfuerzo por acercar las producciones de siglos atrás, establece permanentemente comparaciones con textos más cercanos. Traza un paralelo entre Coleridge y el enigmático Macedonio Fernández, por dar un ejemplo.

Luego, se enfoca en la obra de Dickens. Allí resalta especialmente el compromiso –novedoso para aquellos años̶– con la causa de la infancia, que exhiben varias de sus novelas.

Robert Browning es el tema de dos clases posteriores. Después, Dante Gabriel Rossetti, William Morris y la obra de Stevenson cierran el programa.

Quien haya tenido la fortuna de asistir a esas clases, o quienes hoy recorran las páginas de «Borges profesor…» no se encontrará con una erudición presuntuosa, con la complejidad proverbial que se le atribuye al autor de El aleph. Ni se topará con los tecnicismos que tanto emocionan a los académicos y desalientan a los lectores comunes. En cambio, si algo buscan transmitir las exposiciones es el amor por los libros.

Ciertos temas, algunas anécdotas retornan una y otra vez, ofreciéndonos junto con el curso, la posibilidad de descubrir los temas vitales y la estética del educador. Revela también la hermenéutica inteligente y sensible de la que es dueño, pero también su sentido crítico.

No deja de ser un hallazgo. La voz de Borges explicita la concepción de la lectura como actividad hedonista que sólo se sostiene por el placer. «La lectura debe ser una de las formas de la felicidad, de modo que yo aconsejaría a esos posibles lectores […] que sigan buscando una felicidad personal, un goce personal. Es el único modo de leer».

Pero también alude al poder transformador de ciertos libros, si se enciende la chispa del encuentro entre el espíritu creador y el  lector. Cree que hay un descubrimiento de sí mismo que opera en el lector cuando se interna en un libro valioso.

El Borges profesor intenta tender ese puente entre creador y lector despertando el gozo. Y cada vez que lo consigue, disuelve el bronce de las idealizaciones y sus monumentos ecuestres, lo hierático de los bustos de mármol alzados para grandes poetas. Y convierte en carne y hueso palpitante la previa y deshumanizada admiración de los clásicos.

Gisela Colombo es Licenciada en Letras. Ha escrito novelas, poemas y adaptaciones de obras de teatro. Ha colaborado en suplementos literarios y culturales. Es columnista en diferentes publicaciones mientras continúa con su labor docente.

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