La valla

Por Sergio Capozzi*.
EL FEDERAL NOTICIAS

En estos días, los televidentes podemos ver una serie española (están de moda) que se llama La Valla. Haciendo una síntesis sobre su argumento, se puede decir que transcurre en Madrid, alrededor del año 2045. Una nueva guerra mundial ha devastado Europa, escasean los alimentos, no hay combustible, las ropas son viejas, todos visten con harapos. El gobierno es una dictadura disfrazada de democracia donde sólo vive bien un grupo de privilegiados, el círculo de los gobernantes y sus amistades. La ciudad se encuentra bajo estado de sitio, no se puede circular después de las veinte horas y para pasar de un sector a otro se tiene que poseer un salvoconducto, quién viole estas normas se arriesga a terminar en prisión y sufrir torturas, incluso perder la vida. Para lograr controlar a la población se recurre al miedo, el terror que genera un virus desconocido contra el cual no se tiene la cura.

Estimados tele espectadores, los personajes y las circunstancias narradas en está mini serie, son fruto de la imaginación de los creadores. Cualquier similitud con personas, hechos y sucesos ocurridos en la realidad, es absoluta casualidad.

Comenzaba el año 2020 cuando un rumor llegó desde China y Europa. Un virus, una variante del COVID, se estaba expandiendo por aquellos lares. Nuestro gobierno escuchó la noticia y reaccionó en consecuencia: no hizo nada. El ministro de salud dijo a los cuatro vientos que estábamos muy lejos, que aquí no iba a llegar, que el verano lo impediría. Sin embargo, pasaron cosas. A mediados de marzo los casos comenzaron a multiplicarse, sobre todo en la región que se denomina AMBA, Área Metropolitana de Buenos Aires. Los cercamos al gobierno volvieron a reaccionar prontamente: dijeron que era una enfermedad de la clase media, los chetos que regresaban de sus vacaciones en Europa nos estaban contagiando, no había casos autóctonos. Volvieron a pasar cosas. El Covid 19 se expandió por los barrios de Buenos Aires y los municipios del cono urbano. Parece que este virus no reconocía la grieta política ni las clases sociales.

Como si estuviéramos en el Medioevo o ante una pandemia similar a la Gripe Española (cien años atrás), nuestros gobernantes tomaron la más audaz de las medidas: decretaron el aislamiento social preventivo y obligatorio. Cerramos las puertas y no las abriríamos hasta  que el cuco ó el hombre de la bolsa, personificado en el virus, se cansara y nos abandonara. Otra vez, pasaron cosas.

Allí, por los meses de abril y mayo, nuestro señor presidente nos dirigía la palabra e informaba todos los viernes. Nos decía que íbamos ganando, lo mismo que nos anunciaba el periodista José Gómez Fuentes durante la guerra de las Malvinas. Y en cuanto a la llegada del virus, seguro que no le iba a dar el cuero, como no le iba a dar al principito durante los terribles días de 1982.

El gobierno nacional salió al rescate de las empresas que tuvieron que suspender sus actividades, cientos de miles de Pymes que interrumpieron sus producciones. Sólo podían salir de sus domicilios los denominados trabajadores esenciales, el resto nos convertimos en rehenes vigilados por tropas de élite, policías que se transformaron en delatores de ciudadanos, mientras que el gobierno permitía que miles de delincuentes salieron de las cárceles.

El sistema de salud de la región metropolitana no llegó a colapsar pero estuvo al borde. La ciudad capital se recuperó (mejor dicho, pudo disminuir sensiblemente el número de infectados) mientras que los municipios circundantes vieron como sus casos se multiplicaban peligrosamente.

Desde el resto de las provincias, salvo dos excepciones, miraban por televisión o escuchaban las noticias sobre lo que sucedía en la mega ciudad y esperaban con miedo e incertidumbre. Cada catorce días, el señor presidente se asomaba con sus filminas y nos decía “vamos bien, el mundo nos tiene como ejemplo pero, hay que aguantar, a mi me interesa la salud y no lo economía”. Los dos meses se transformaron en todo el otoño, el invierno y ya, media primavera. El círculo de expertos que lo asesoraba, desapareció y algunos de ellos, al estilo Ramón Díaz, afirman “yo no descendí”.

Comenzamos a engordar y el corset reventó. Siete meses sin educación presencial (descubrimos que la mayoría de los chicos no tienen conectividad a internet), con bares, restaurantes, hoteles, rentadoras de autos que cerraron definitivamente. Siete meses sin vuelos, sin micros, sin controles médicos (por miedo al contagio del COVID o simplemente porque los centros de salud no podían recibir pacientes) y lo más doloroso: el aislamiento impidió e impide que muchos familiares puedan darle el último adiós a sus seres queridos. Hoy, señores feudales (como Gildo Insfrán o los hermanos Rodríguez Saa) no permiten el ingreso de miles de habitantes que pretenden regresar a sus provincias. Esta semana un joven murió ahogado al tratar de cruzar el río Bermejo. Una casi niña, en un límite provincial, rogaba por un vaso de agua, más de 45º de temperatura y se lo negaron. Siete meses en el limbo y en las peores condiciones porque los tiranos quieren tapar el sol con la mano. Claro, no están solos, el señor presidente y la señora ministra de seguridad dicen que aquellos son los mejores gobernantes, un ejemplo (lo mismo que el sindicalista que echa a empresas del país para que el gobierno las reemplace por berretadas nacionales).

Siete meses, en los cuales se emitieron más de un Billón de pesos (algo así como doce mil millones de dólares), seis millones de pesos por hora, cien mil pesos por minuto. Las reservas liquidas del Banco Central que en diciembre eran de más de 20.000 millones de dólares, hoy, son negativas, tal es así que este viernes se pagaron deudas (530 millones) con encaje bancario. La pandemia no afloja y la economía está cayendo en un pozo oscuro que ya es el más profundo de la historia. Erman González, Pugliese, Celestino Rodrigo ven como sus records caen a manos de Martín Guzmán.

El ministro egresó como licenciado en economía en la universidad La Plata, hizo estudios de post grado en un par de universidades de Estados Unidos, incluso junto al premio Nobel Joseph Stiglitz. Con esos títulos, volvió a la Argentina. Para trazar un equivalente, podríamos decir que es alguien así como Carlitos Tévez, que luego de gastarla en medio mundo, vuelve a sus pagos y demuestra que sigue siendo el mejor. Bien, no es el caso de Guzmán. Más se parece a Daniel Osvaldo, que volvió con los mismos aires, pero fracasó en Boca y Banfield. Seguramente Guzmán fuma en el vestuario.

En su defensa podemos decir que el chico pasó la mitad de su vida afuera, entonces se le hace difícil entender las razones por las cuales los argentinos ahorramos en dólares, por qué compramos con cash, por qué no le creemos a los bancos, que hay millones de personas que viven de los Estados (nacional, provinciales y municipales), que el populismo (ahora sin plata) nos gobierna desde hace setenta y cinco años, salvo escasas excepciones.

Por eso le perdonamos que diga que no va a devaluar (inmediatamente todos recordamos a Pugliese, les hablé con el corazón y me contestaron con el bolsillo, o a Duhalde, quién depositó dólares va a recibir dólares, o a Cavallo, cuando de un día para el otro amanecimos 50% más pobres). O que diga que nuestra economía no se va a resentir con el aumento del blue o del contado con liqui.

Es probable que el señor ministro, en estos días, no haya ido a un corralón a comprar cemento, alambre, hierros o acero inoxidable. Tampoco que haya ido a una casa de electrodomésticos y menos aún, obviamente, a una agencia intentando comprar un auto. De haberlo hecho, se habría enterado que no hay stock. No se quién le hace las compras, pero sugiero que le diga a quién se las hace que compre muchos yogur Danonne (ojo con la fecha de vencimiento) y cambie su celular rápido, porque pronto se dejaran de armar en la Argentina y va a ser más fácil cambiar de departamento que tener un Smart Phone de última generación (aunque, la verdad, no se si vale la pena porque a partir de las restricciones y con un atraso en las tarifas del 150%, va a ser más útil volver al teléfono fijo).

Parece que Guzmán no sabe que un auto armando en Argentina tiene el 70% de componentes extranjeros y que las operaciones de importación ya no son automáticas por una sencilla razón: el Gobierno se comió las reservas. Entonces, cuando al sanatorio se le rompa el tomógrafo, el imprentero no tengo más papel de 75 gramos, al heladero se le acaben las esencias y al fabricante de muebles el acero, viviremos con retazos, igual que Cuba y sus automóviles de la década de los ´50. Ni que hablar si se te rompe una canilla, las fábricas no entregan nuevas porque desconocen el valor de reposición.

El ex presidente Eduardo Duhalde afirma que estamos en una etapa pre anárquica. Más de ochocientas tomas en todo el país, ciudades sin transporte público porque el gobierno no envía los subsidios, casi cuatro millones de puestos de trabajo han desaparecido, un año de educación perdida, 60% de niños pobres, los dueños de las empresas más exitosas del país que lo abandonan y el gobernador de la provincia de Buenos Aires afirmando que los clubes de campo son tomas.

La Valla se está construyendo: la grieta no es política ni ideológica, es moral, es de principios y valores. De un lado están los que lucran con la miseria y el caos, del otro los que están sumidos en la desesperación. La misma que, en muchos casos, está provocando justicia por mano propia. La peor de las soluciones.

A todo esto, el papa Francisco recibe a Juan Grabois. Nos da una pista sobre de qué lado está.

*Sergio Capozzi: Abogado, docente universitario, posee una maestría en Historia Política Contemporánea, consejero del Comité Olímpico Argentino, Árbitro Institucional.

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