La copa, el cuatro de copas y Farenheit 451

Por Cecilia Ruiz W.
PARA EL FEDERAL NOTICIAS

Un evento, una pandemia, una decisión.

En estos días se estuvo debatiendo –aunque me gustaría que nunca se hubiera dado algo así- si nuestro país debía hospedar a la Copa América de fútbol en el medio de una crisis económica, sanitaria y social sin precedentes. Sí, así como lees. El gobierno junto con la Conmebol estuvieron analizando si era factible la realización de este torneo cuando el proceso de vacunación avanza lentamente y las restricciones se profundizan nuevamente.  Finalmente, la organización de Sudamérica de fútbol con sede en Paraguay determinó que Brasil sea el lugar donde se realice el torneo. Argentina: 0, Brasil: 1.

Sin clases presenciales en la mayoría de las provincias y con las UTI cerca de colapsar, el gobierno nacional estuvo a punto de dar vía libre a que casi 1000 personas de las diferentes delegaciones llegaran a nuestro país para ser protagonistas de este evento que parecía ser un circo montado para olvidar lo que sucede fuera de los estadios. Y, al escribirlo, es inevitable no tener un deja vú del mundial 1978, aunque no estuve presente por una cuestión cronológica. Durante la Copa Mundial de ese año, la dictadura dio vía libre y buscó albergar el torneo para poder silenciar y tapar las atrocidades que cometían a lo largo y ancho del territorio nacional. Sin embargo, en ese momento no existían internet ni mucho menos las redes sociales para visibilizar lo que sucedía y no se podía decir. La presión de muchos ciudadanos en las calles como de manera online lograron exponer la debilidad política del presidente Alberto Fernández que quedó en off-side al declarar que ya “iba a anunciar la suspensión de la copa pero la Conmebol se le adelantó”. 

¿Ganar la copa realmente importa ahora? Un cartel en el predio de Ezeiza habla más que mil voces juntas: “Tráenos la copa Messi”. El gobierno estuvo  hasta último momento relativizando la importancia de la educación si le hubiéramos dado lugar a este evento aunque hayamos crecido estudiando sobre la vida de hombres y mujeres que actuaban por servicio a su pueblo como Sarmiento quién entendía a la educación como la única arma capaz de sentar las bases de una nación próspera en lo material y en lo intelectual.  Más cerca, en los comienzos del siglo XX, vinieron los inmigrantes a llenar el país de sueños. Éramos la tierra prometida que les daría una vida tranquila alejada del horror de la guerra y, a cambio, ellos la trabajarían hasta convertirse algunos en grandes empresarios que continuaron con el legado del éxito basado en el trabajo diario. La educación es la herramienta que posibilita la concreción de esos sueños pero hoy la llave a la prosperidad se parece más a un boleto de avión que parte de Ezeiza.

Lamentablemente creo que para los que nos gobiernan es un error contar aún con esos valores. Yo no contemplo la posibilidad alguna de aprovecharme de la pobreza de mis compatriotas o de hundir al que le va mejor que a mí cuando sé que se lo ganó en buena ley. Creo en la política de Illia, quien se retiró de la presidencia sin ser millonario y siendo un ciudadano más que usaba el colectivo y caminaba en el barrio sin custodios.  Honró a la tercera edad ya que la sabiduría llega con los años y además aportaron décadas para poder tener una vejez digna sin necesidades. Ser viejo no es sinónimo de decadencia, por algo en las culturas orientales se los venera. Valoro el respeto a la ley y considero que nadie está por encima de ella y es una locura pensar en la posibilidad de chantajear o amenazar para poder tener algún beneficio.  Si compro algo y me dan de más el vuelto lo devuelvo, lo mismo con algo que no es mío. Si tengo que pedir disculpas o perdón por algo que haya dicho o hecho lo hago sin dudarlo, sé que está en mi naturaleza equivocarme. Aplaudo con fervor la prosperidad como resultado del trabajo, la competencia sana y también en el mérito académico por sobre el oportunismo. ¿Cómo es posible elegir a alguien sin nada de experiencia en un cargo técnico importante por sobre otro que dedicó toda su vida profesional a estudiar un área en particular?

Resumiendo, es el estado casualmente el que ayuda a que todos tengan las mismas oportunidades de acceso a una buena educación y así tener ciudadanos pensantes, críticos y trabajadores que ayuden a crear más futuro y empleo. Sin salud ni educación no contaremos con ninguna de ellas. Hoy, el poder y el dinero que mueve el fútbol parecen poder más que el derecho de muchos compatriotas y, ante esta situación que no es un dilema moral, todo aquel funcionario nacional que si quiera se tomó un segundo para dudar de lo que es importante se convierte para mí en un cuatro de copas, una figura desdibujada sin peso y sin nombre.  (Algunos ya cayeron dentro de esa categoría pero por otros motivos…)

Trágicamente, Alberto Fernández quedará en la historia por haber denunciado a las escuelas como lugares donde “se está jugando con fuego y ese fuego va a quemar a la gente” momentos después de haberse conocido el pulgar abajo de Conmebol para nuestro país.  ¿Pero saben qué? Paradójicamente, para evitar tener más cuatro de copas en política se necesitan más aulas llenas y las únicas llamas que ojalá se revivan de ahora en más sean las provocadas por la iluminación del conocimiento y la educación sino nos convertiremos en protagonistas de nuestro propio Farenheit, quemando nuestro futuro. 

 “Puede que los libros nos saquen un poco de esta oscuridad. Quizá eviten que cometamos los mismos condenados y disparatados errores” ( Farenheit 451) .

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