La comedia trágica que desnudó al oficialismo luego de las PASO

Por Sergio Capozzi
PARA EL FEDERAL NOTICIAS

La sensación es que fue hace meses, sin embargo sólo transcurrieron dos semanas desde que la sociedad emitió su voto en las PASO. Esas elecciones cuestionadas (¿por qué invertir tanto dinero cuando estamos atravesando semejante crisis y cuando la mayoría de los partidos van con lista única?) esta vez fueron diferentes, no sólo porque hubo varias e interesantes internas sino porque la estrepitosa derrota del oficialismo corrió la cortina y el escenario encendió sus luces: pudimos ver la comedia trágica con sus protagonistas, los actores de reparto, los escenógrafos y los iluminadores. Todos sobre las tablas, excepto el director. No se ponen de acuerdo en quién debe asumir ese rol.

Primer acto: El conventillo. Al más puro estilo de una obra de Luis Sandrini, vemos al protagonista de la comedia bailando en el escenario junto al gobernador de Buenos Aires, Axel Kicillof, abrazado con la señora que nos miraba a los ojos desde la pantalla del televisor y nos decía “así como me ven soy abuela y garcho”. También está el segundo en la lista provincial, el ex ministro de salud de Buenos Aires, que durante catorce meses nos trató de genocidas, que nos mantuvo encerrados. Tiene unas pocas líneas en el libreto pero que son muy fuertes: “con un poco más de platita en el bolsillo, la foto de Olivos no hubiese (sic) molestado tanto”. Parlamento que dejó perplejo al auditorio. En ese preciso momento, el apuntador le cede letra a la prima dona, quien con su voz inconfundible, esa que le nace desde el diafragma, le echa toda la culpa a nuestro Luis Sandrini que la mira con cara de bobo mientras escucha: “La culpa es de tu familia, te lo dije, no me escuchaste, te dije que eran unos vagos e ineptos. Te dije no te enojes pero hacete cargo.”  Dicho esto, el escenario, más propio de Aida que de El Guapo del ‘900, se puebla de actores de reparto que increpan a Luis Sandrini. Al unísono le gritan: “nos vamos todos, arréglate con la delirante que dice que Suiza es tranquila pero aburrida, hacete cargo de Fabiola y sus amigos, de Dylan y su paseador, nos estás jodiendo el mercadito, vamos a perder hasta el Mercado Central.”  Luis Sandrini, da unos pasos hacia el costado, reflexiona y dice: “a mí, por las buenas me sacan todo, por las malas, nada.”  Cierra el acto con Luis ordenando decapitar a sus laderos al más puro estilo Calígula. A todos menos a Fabiola, es que ella tiene el último parlamento: “Luis, estoy embarazada.” Luis abre sus ojos y deja caer sus brazos en señal de rendición. El público enmudece.

Segundo acto: La armada Brancaleone. Sube el telón y se ve el escenario dividido: a un lado Santiaguito, el galán joven, heredero de una familia de artistas, dinastía iniciada hace setenta años por su abuelo que, a su vez y como círculo del destino, también fue el ministro más joven del creador de este tipo de operetas, zarzuelas rioplatenses; el recordado Antonio. Claro que por esos tiempos el protagonista no era Luis Sandrini sino Pepe Arias. Santiaguito está hablando por teléfono. En la otra punta de la línea y también del escenario está Felipe, el mismo que hace unos años en otra obra memorable dijo: “para sobrevivir en la política te tenés que hacer el boludo”. Fiel a su principio (tomar distancia cuando las papas queman) la escena lo ubica en México, asistiendo a una cumbre con habla hispana (se siente cómodo, es el único idioma que conoce). –Hola Felipe -¿Qué haces Santi?-Te quería avisar que ya no sos canciller- Ah, bueno, y ¿quién me reemplaza?- yo. (No le dice yo pelotudo, porque esa frase histórica se utilizó en otra obra). Felipe, corta la llamada, abre el frigobar de la habitación y lo vacía, mete las toallas en el carry on, toma el teléfono. –Hilton Cancún, buen día- -Buen día, quiero reserva una suite.- Mirando al auditorio y a modo de pensamiento dice: “espero que no me hayan cancelado la tarjeta.” La luz del escenario disminuye.

Aparece Luis, está rodeado de un actor quilmeño de nombre Aníbal y otro porteño, Julián. Los dos, hace unos años se enfrentaron encarnizadamente por el protagonismo de una obra que se iba a estrenar en la provincia de Buenos Aires, al punto que tuvo que intervenir como mediador un sacerdote que vive en el Vaticano. El resultado fue que no se pusieron de acuerdo y la obra la terminó protagonizando una actriz joven, una cara nueva para el gran público. También está en el escenario un actor tucumano de nombre Juan. Es de esos que van y vienen y la gente no recuerda su nombre. Sin embargo, con esos bolos intrascendentes ha obtenido un logro nada desdeñable: es el actor mejor pago de la historia. Parece que vive de chivos y morcilleo, como se llama en la jerga teatral a quien mete bocadillos publicitarios. Sus principales auspiciantes son los laboratorios.

El público se mueve inquieto en las butacas. Los amantes del underground esperaban una obra vanguardista y el segundo acto les ofrece a Dario Vittori en la década de los ’70. Temen que en cualquier momento aparezca Haydee “La Chona” Padilla. No la consiguieron, es reemplazada por la Chiche quien entra en escena a los gritos, “¡Escuchen a mi marido, esto se pudre todo! ”Tras ella ingresa un grupo de mujeres mayores, son extras conocidas como Las Manzaneras (peleadas a muerte con otro grupo de extras conocido como Abuelas).

En off se oye la voz de una mujer que en principio el auditorio no puede identificar. Tiene un parlamento breve pero contundente: lo llama a Luis Sandrini “mequetrefe”, “ocupa”, “inútil”, “enfermo”, “te tenés que ir”. El telón baja lentamente mientras siguen los insultos. El público murmura, ¿Quién es? se preguntan. Un avezado amante del teatro los saca de la duda: “esta minita trabajó en la obra “Estaticemos Vicentín”, ahí pedía que el gobierno se quedara con las acciones de las miles de empresas que pedían ayuda financiera, haciendo giras viajó a varias veces por Cuba y Venezuela. Tampoco le fue mal económicamente, cuando todos estamos en la lona; ella, este año, cuadruplicó su patrimonio.”

Tercer acto: Bicicletas y heladeras para todes. Luis Sandrini está sentado en un sillón, se toma la cabeza con sus manos. A su alrededor, de pie, el porteño Julián, el tucumano Juan y el quilmeño Aníbal lo miran y se miran. El quilmeño hace un movimiento de cabeza subiendo el mentón en clara señal al tucumano para que tome la palabra. –Luis, no es tan grave. A viejos problemas, viejas soluciones. Sacate de encima a esta pendejada zurda, que se vayan con el hijo de la estanciera que ahora reniega de su apellido. Volvé a las fuentes Luis- -¿Qué sugerís?—El pueblo es bobo, lo comprás con una heladera, una bicicleta o un cheque. Asado no tenemos para darles, vos lo acopiaste todo para la quinta de Olivos y el precio se fue al carajo. Hablá con los gobernadores, con los intendentes, ellos saben- -¿Te parece?—Nunca falló; mirá a los hermanos puntanos, habían perdido por escándalo, sacaron el plan electrodomésticos para todos y la dieron vuelta por diez puntos.-

Luis se pone de pie como impulsado por un resorte. –Vamos con esa, ¡Es buenísima!, a los españoles les sirvió hace 500 años y a los romanos hace 2000. ¿Por qué no me puede servir a mí?- Los otros tres se miran, parece como que olvidaron la letra. No es así, nadie se atreve a decirle a Luis que haga lo que haga, él nunca será el héroe. Si sale mal, él será el culpable, si sale bien, la protagonista de este paso de comedia se llevará los aplausos.

Cambia el escenario. Aparece en el fondo una pantalla con imágenes a todo color pero podrían ser en blanco y negro. Se lo ve a Luis y a otros actores de reparto entregando heladeras, bicicletas, notebooks, subsidios, planes, mientras que una voz en off anuncia a los gritos “el FMI nos mandó 4.300 palos verdes, Luis se los va a entregar a ustedes, el pueblo, para que tengamos la vida que nos merecemos”. Aparece en escena la Señora, mientras Luis entrega las bicis ella se abraza al tucumano, al porteño y al bonaerense. En voz baja les dice: “-Gracias muchachos, al final Fernanda tenía razón, es un tarado.-“

Cae el telón, se encienden las luces de la sala. El público joven sale cabizbajo con un sabor amargo, los más viejos aplauden a rabiar. Entre ellos está Julio Bárbaro que  también aplaude y grita “¡Bravo!”. Quien está a su lado lo mira asombrado y le pregunta: “Julio, ¿vos también aplaudís?- ¿Por qué no habría de hacerlo?- Porque esta obra ya la viste cinco veces y ya sabías como terminaba.- -Si, pero ellos no, el público se renueva.-

La foto que ilustra esta nota tiene setenta años. Dos de los personajes son más que conocidos, el tercero (al centro) es el coronel Domingo Mercante, una de las víctimas de la transformación democrática de la Argentina en una autocracia. Mercante fue el gobernador de la provincia de Buenos Aires; su gestión aún es recordada como una de las mejores de la historia bonaerense, sin embargo, por esos tiempos ya se entregaban bicicletas.

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