La alarmante ineptitud del gobierno

Por Jorge Fernández Díaz
LA NACION

Asevera Dickens que toda familia de alguna antigüedad o importancia tiene derecho a un fantasma. La familia kirchnerista, que apenas balbucea apotegmas selectivos de Perón y que masculla vetustas oraciones de Jauretche, cuenta sin embargo con su propio fantasma ilustre. Como médiums en mitad de la desesperación y la parálisis, lo convocamos en la alta noche para que nos recuerde su fórmula inefable: sostenía Néstor Kirchner que para gobernar este país se precisaban cash y expectativas, y lograr que el dólar saliera de las páginas de todos los diarios. El fantasma mueve ahora furioso la mesa: se acabó el cash, las expectativas son negras y los “verdes” ganaron las primeras planas. La Argentina, sin programa económico ni política exterior, se precipita a una serie de graves crisis concéntricas: una financiera y otra cambiaria, una productiva y otra social, una sanitaria (algo salió muy mal) y otra del orden de la inseguridad (mezcla de anarquía y polvorín), y a todo esto se suma un colapso institucional (colonización de la Justicia y autoamnistía para los corruptos), con una imagen de republiqueta africana: bajo el yugo gustoso de la presidenta del Senado, sus obedientes legisladores desplazan a tres jueces que la incordiaban; escena cumbre en una antología de la obscenidad.

Los argentinos llevamos 180 días de confinamiento, y nos sentimos encerrados en una celda hermética, dentro de una cárcel rigurosamente vigilada, que se ubica en una nación tomada por desquiciados y decadentes. Que quieren aprovechar nuestro encierro para imponernos un régimen precapitalista (feudal) donde todos seamos parejamente pobres menos la reina y sus halcones, y que acaban de declararle la guerra cultural a la clase media, a la que pretenden demonizar y desvalijar con impuestos y otros saqueos. Late precisamente esa intención bajo el patológico empecinamiento en desacreditar el mérito, valor fundamental de hijos y nietos de inmigrantes que se esforzaron, se educaron o emprendieron a riesgo, compitieron con el cuchillo entre los dientes y cometieron el peor de los pecados: progresaron lejos de cualquier tutelaje caudillista en un país enamorado del fracaso que odia a las personas libres y medra con los resentidos. Confundir aquella gesta laburante, base de cualquier desarrollo, con el “individualismo” o la desigualdad de oportunidades es trampear el discurso para preparar el terreno y no asumir la realidad: fue precisamente el peronismo post mortem el que degradó la escuela pública (madre de la igualdad) y practicó el pobrismo sobre esa miseria funcional que él mismo cristalizó en el conurbano bonaerense y en otros lares de este país menesteroso. Luchar pública y denodadamente contra el mérito (y la virtud del ahorro) implica exaltar la mediocridad y el cortoplacismo; como gesto institucional es devastador, porque alienta la vagancia y porque intenta conectar sacrificio y superación con la derecha ideológica. El filósofo Miguel Wiñazki escribió que para el kirchnerismo “el mérito es reaccionario; el robo es revolucionario”, sintetizando a la perfección los dos principales acontecimientos de la semana.

Borges aseguraba que para poder comunicarnos era necesario tener una experiencia común. Está claro que las palabras no significan lo mismo para los ciudadanos de a pie que para los miembros de esta casta, personas completamente ajenas a la vida real. Criticaban a los gerentes, pero estos al fin y al cabo tuvieron que hacer una dura carrera, aprender idiomas, perfeccionarse de manera permanente, ser capaces de conquistar mercados, ingeniárselas para pagar los sueldos a tiempo, rendir cuentas de sus aciertos y errores, y estar siempre dispuestos a ser despedidos si no eran capaces de administrar con solvencia la compañía que los contrató. Los dirigentes que forman el cuarto gobierno kirchnerista, salvo honrosas excepciones, no laburaron nunca en el mundo verdadero. Fueron grises abogados o simples burócratas de la corporación política, y se enriquecieron dentro de ella; o son economistas con escasísima experiencia privada, o multimillonarios como Máximo Kirchner, príncipe de una dinastía de potentados que jamás debió pelarse ni siquiera para manejar su suntuoso conglomerado hotelero. Es por eso que la ley de teletrabajo atenta contra el trabajo, la ley para los inquilinos perjudica a los inquilinos, y a alguien en el gabinete se le ha ocurrido como brillante respuesta económica la idea de pagar la peluquería en doce cuotas. Consignas seniles, parches e improvisación, tiros en los pies, y un insolente combate perpetuo contra el sentido común. “No dejemos que la inmensa corrupción tape la gestión -decía Campanella-. La gestión fue peor”. Aquella máxima irónica del cineasta podría aplicarse tristemente a la situación actual: son todavía más ineptos que autoritarios. Y esto ya es mucho decir, compañeros.

Fue el peronismo post mortem el que degradó la escuela pública y practicó el pobrismo sobre esa miseria funcional que él mismo cristalizó en el conurbano.

Este sadokirchnerismo, en estado de embobamiento general, es una fabulosa proveeduría de incertidumbre y un abominable espantapájaros de capitales. El éxodo de argentinos y de empresas es celebrado por el oficialismo, a pesar de que su presupuesto promete un fuerte incremento de la inversión privada. La palabra oficial, mediante contorsiones sucesivas e internas y traiciones personales, se ha degradado a más velocidad incluso que el peso. Ya nadie puede creer ninguna declaración asertiva de ningún funcionario encumbrado: todo puede ser desmentido en cuestión de horas. Y este punto, que alguna vez pareció picardía criolla y hábil argumentación abogadil, hoy se ha convertido en una perturbadora religión de desconfianzas. El kirchnerismo de la cuarentena tiene, como señala la neurociencia, fatiga cognitiva, y se bambolea como si acabara de perder el olfato y las elecciones, cuando apenas lleva diez meses en el poder y le restan tres años de camino. Dado que tiene el mandato constitucional de sacarnos de este empobrecimiento acelerado, va a ser mejor que despierte cuanto antes de la siesta pandémica e intente recuperar la razón. Y que ella no sea “la razón populista”, puesto que eso no haría otra cosa que seguir cavando el foso en el que sería enterrado por la sociedad indignada.

El peronismo, que se horrorizaba con el dólar a 32 y consideraba un escándalo cualquier traspié de Cambiemos, cierra la boca y mira para otro lado frente a sus propios estropicios, pero en el fondo tiene la misma confusión que sus antagonistas. El anterior gobierno creía que su sola presencia y su asociación con las repúblicas más poderosas de Oriente y Occidente lo iban a convertir en una succionadora de inversiones. Los apostadores más serios habrían necesitado veinte años más de buena letra para olvidar agravios y poner un morlaco en este país de incumplidores y trasnochados. Macri aprendió la lección dolorosamente y cuando el asunto ya no tenía remedio. Alberto Fernández y sus muchachos tuvieron una similar omnipotencia: en cuanto el justicialismo se hiciera cargo de la botonera, mágicamente la Argentina florecería. Creyeron incluso que podían apropiarse de los juzgados y las fiscalías, perpetrar indultos solapados y destruir la seguridad jurídica sin que la economía sufriera esos percances. Pensaron finalmente que era posible crear acuerdos de moderación mientras se radicalizaban, que fue como pretender adelgazar dándose atracones de grasas y harinas. Tal vez el fantasma de Gandhi se digne a susurrar en sueños al Presidente: “No hay que pactar con el error, aun cuando parezca sostenido por textos sagrados”.

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