En el Moulin Rouge: el baile, de Henri Toulouse-Lautrec

En este óleo (titulado originalmente Dressage des nouvelles par Valentin-le-Désossé) de 115 x 150 cm que el artista realizó en 1.890, vemos a dos personajes que enseguida llaman nuestra atención: «la glotona y el deshuesado» y automáticamente pareciera que los instrumentos empiezan a sonar y nos trasladamos al salón del Moulin-Rouge en una de las maravillosas noches parisinas de fines del siglo XIX. Se encuentra actualmente en el Philadelphia Museum of Art, Philadelphia (Estados Unidos).

En el medio del gentío, entre codazos y risas, nos encontramos con Louise la «Goulue» y Valentin: «le Désossé». Ellos no están en primer plano, sin embargo, llaman enseguida nuestra atención. En la instancia más destacada del cuadro, el gran Toulouse-Lautrec (aunque de grande tenía poco, ya que a los 13 años se fracturó ambos fémurs y nunca superó el metro cincuenta de estatura) los describe con total desparpajo, en una coreografía que tenía de todo menos elegancia. Valentin, con su galera bien puesta, sostiene un pie en el aire, a punto de dar un paso. Lo llamaban «el deshuesado», era tan flexible en sus movimientos que el hombre parecía no tener huesos. Louise Weber, más conocida como la «glotona», al terminar la noche, vaciaba platos y vasos de todas las mesas del salón. Pero en él mientras tanto era la reina del baile: mostrando sus pantorrillas en medias rojas (oh! Mon dieu!) revolea las piernas mientras su chignon se va desarmando.

Desde la mujer de perfil vestida de rojo, arriba a la izquierda, pasando por las medias de la Goulue hasta la esquina inferior derecha del cuadro, una gran diagonal atraviesa toda la escena y le suma ritmo (si es que quedaba algo de esto por sumar). Como tantos de sus contemporáneos (Degas, Van Gogh, Gauguin…), Toulouse-Lautrec se verá fuertemente influenciado por las estampas japonesas y su forma de describir el espacio a partir del gran potencial de la línea diagonal.

La influencia de la fotografía también se hace sentir en esta obra: personajes pasando por delante de la mirada del artista, recortados por el marco, aparecen como relleno de un primer plano que en otras ocasiones los hubiera tenido como protagonistas. Son el vivo indicio de que el artista recurre a la estética del encuadre fotográfico.

Es esta obra la antesala de uno de sus carteles más conocidos y que le valdrá su fama en este rubro. Allí alcanza una síntesis extraordinaria en donde resume, con muy pocos trazos, toda la energía de su línea y nos hace bailar al ritmo de la Goulue mientras nos bebemos una copa en el Molino Rojo.

Henri Marie Raymond de Toulouse-Lautrec-Monfa, pintor y cartelista, bohemio, 1,52 m.de altura, minusválido, alcohólico, ave nocturna, provocador, depresivo, sifilítico… Un aristócrata que se consideraba a sí mismo cronista social pintando al pueblo y a la noche de la belle epoque parisina, incluidas las prostitutas, que frecuentó y amó. En definitiva, uno de los mejores artistas del arte moderno francés.

Lautrec nació de la muy aristocrática consanguinidad de primos hermanos. Un accidente a temprana edad destrozó sus fémures y le impidió seguir creciendo más del metro y medio. Rechazado por la alta sociedad, vio que en Montmartre podía vivir entre iguales y se fue a vivir a los burdeles del barrio más bohemio de París, frecuentando sus cabarets y codeándose con los artistas con más personalidad del XIX francés.

Su magnífica obra le debe mucho a la fotografía. La espontaneidad y el asombroso dinamismo de sus escenas y personajes hacen de sus dibujos excelentes apuntes del natural. Destacan también esos encuadres innovadores y los trazos rápidos y expresivos que definen a la perfección a personajes, situaciones y atmósferas. Despreciaba a los pintores de paisajes y de los impresionistas de la generación anterior, sólo respetó a Degas, por su gusto similar por las bailarinas, el circo y los interiores.

Lautrec fue más que otra cosa un dibujante e ilustrador, tareas con las que pudo subsistir al encargarle carteles los cabarets y espectáculos y demás publicidad. Sus óleos son escasos pero en ellos se puede ver el mismo gusto por los ambientes y personajes bohemios, la espontaneidad y el movimiento y los encuadres inusuales tomados de la fotografía y la estampa japonesa.

Lautrec fallecería en el recién nacido siglo a los 36 años de edad. La sífilis y el delirium tremens destrozaron su cuerpo y mente. Embriagado de absenta, llegó a disparar a las paredes de su casa creyendo que estaban llenas de arañas. Poco después fallecería en su cama. El Moulin Rouge, el Mirliton, el Moulin de la Galette o Le Chat Noir, perdieron a su mejor cliente y promotor.

fuente: https://historia-arte.com/

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