Empatía o ecpatía: ¿compulsión a la repetición de errores?

Por Cornelia Liermann

Del legendario Konrad Adenauer se decía que era un “viejo zorro” con táctica y estrategia. Demostraba tener un ingenio despierto y ser muy perceptible a lo que se iba desarrollando en Alemania y en el mundo. Un estadista geopolítico magistral, fraterno, profundamente cristiano, que rechazaba la pompa del vaticano.  No es casual que tuviera un ejemplar de El Principito y una colección de obras de Borges en su hogar en Rohrendorf. Lo envolvía el compromiso de que la libertad, el estado de derecho y la democracia son las mejores herramientas para el crecimiento y la paz.

Y en él se apreciaba la habilidad básica del político: la empatía. Una palabra que muchos políticos argentinos verbalizan, pero que  pocos practican. Justamente en las últimas semanas Argentina demostró tener una eficacia magistral para contrarrestar la empatía con la ecpatía, que es darle la espalda a la gente y destruir sus posibilidades de crecimiento. Tomado del griego ek patheia, la ecpatía indica una forma de decidir sin tener en cuenta a los demás. Lo vimos con la Ley de Teletrabajo y el DNU 690/20.


Las últimas semanas Argentina demostró tener una eficacia magistral para contrarrestar la empatía con la ecpatía, que es darle la espalda a la gente


Nuestro país, con sus defectos, con su prontuario de incumplimientos y compulsión a la repetición de errores, tiene dos condiciones prodigiosas: los recursos naturales y el talento de sus ciudadanos.  Pero la regulación del teletrabajo parece encorsetar las nuevas modalidades laborales. ¿Cómo legislar algo que es dinámico? La Ley parte de la base del “riesgo creado”. Es imposible que el empleador controle las condiciones que el  empleado tiene en su casa  o en donde decida trabajar (porque tal vez por posibilidades o deseos tengan que ver con hacerlo desde un bar, un espacio de coworking,  desde una universidad o una plaza con wifi). Deberíamos hablar de trabajar con y en libertad. De eso se trata. 

Con esta Ley pareciera asegurarse el suministro de insumos a la industria de los juicios laborales y al mundo sindical.  No ayuda a potenciar el I+D. Desinfla el tan necesario impulso a la inclusión digital. “Cero empatía”, como me manifestó ofuscado un estudiante pensando ya en emigrar.

La pandemia irrumpió en nuestros hogares y en nuestras economías creando desconsuelo e incertidumbre. Pero también brindó oportunidades y certezas: una de ellas es el teletrabajo y la digitalización. Debemos entender que capacitar programadores es una oportunidad invalorable, en especial para aquellos que se deben reinventar en un nuevo camino.

Bajo la  gestión de Juntos por el Cambio, se desarrolló e implementó  un Plan Integral de Comunicaciones y Conectividad, necesario para conformar un verdadero país digital.  Argentina hizo punta con el Portal de Datos Abiertos o con el sistema de administración electrónica de expedientes, por ejemplo.  Complementadas por el Plan Nacional de Inclusión Digital, destinado a los sectores más vulnerables, estas acciones  han permitido que hasta diciembre del 2019 nuestro país pasara del puesto 107 al 66 en el Índice de Transparencia Internacional.

Asimismo, se  logró instalar banda ancha en más de 1.200 municipios contra casi 70 del 2015, lo que posibilitó que en la urgencia de la pandemia, al menos la infraestructura digital estuviera asegurada para muchos. Ante la catástrofe, pudimos abrazarnos virtualmente, trabajar y estudiar. Esto no fue casual: se trabajó de forma pública y privada para suministrar  la savia y la energía de la nueva normalidad: la conectividad.

Pero entonces, llegó el Decreto 690 que declara servicios públicos esenciales a la telefonía, internet y la tv paga, produciendo un impacto altamente negativo en las empresas e inversores de TIC, uno de los sectores que más invierte. Desalentamos así inversiones indispensables para continuar con la reducción de la brecha digital. También ha generado desconfianza en los medios de comunicación, y sin acceso a la información, no hay democracia ni formación.


Lo crucial es definir  y consensuar entonces  principios mínimos comunes que permitan el desarrollo ético de la tecnología y el trabajo


Lo crucial es definir  y consensuar entonces  principios mínimos comunes que permitan el desarrollo ético de la tecnología y el trabajo. También los gobernantes y legisladores deben animarse a reconvertir y modernizar los marcos legales, bajo una sola premisa: lo que no es ético, no tiene futuro.

Imaginemos que con el teletrabajo los empleadores se puedan transformar en agentes de cambio social para la promoción del desarrollo humano. Así podríamos fortalecer una de las anclas más importantes para la estabilidad de la economía y de la democracia de un país: la clase media. Emprendedores, profesionales y pymes se interconectan con el otro ancla, el de la agroindustria, que también necesita del internet para desalentar la expulsión hacia las megaurbes.  Para que todo ello suceda, volvemos al comienzo: necesitamos promover inversiones.

Si las decisiones y las leyes reflejaran la convivencia de experiencias y posibilidades orientadas al bienestar de las personas, entonces estaríamos hablando de empatía, una virtud que podría ser clave para que el ciudadano vuelva a creer en la política. Es descubrir que el político no es la causa de sus problemas, sino que es parte de la solución.

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