El tiempo y las artes

Por Gisela Colombo*
PARA EL FEDERAL NOTICIAS

¿Qué es el tiempo? Se preguntan los filósofos hace milenios. La indagación de la naturaleza del tiempo no ha sido exclusivo interés de la ciencia. Muchos poetas, novelistas o cuentistas han estado fascinados con este asunto.

En algunos casos, como el de Wells, sus textos han sido la ocasión de viajar en el tiempo mediante una máquina. La ciencia ficción está superpoblada de ese tipo de relatos. La tecnología futurista suple en ellos la falta de conocimiento científico que no permite, hasta hoy, penetrar sistemáticamente la malla dura del tiempo. Aunque el hombre no deja de soñarlo.

Si bien no podemos todavía, cumplir realmente ese anhelo, la misma disciplina de la física cuántica, que proliferó y dio muchos frutos durante el siglo XX, se inclinó a estudiar la posibilidad. Albert Einstein sondeó y descubrió la relatividad del tiempo. Pero fueron los artistas quienes, por medio de la libertad de la imaginación, pensaron con mayor entusiasmo el asunto del tiempo. Cortázar fue, quizá, uno de ellos. Y el más emblemático texto de su autoría que aborda el tema es «El perseguidor».

«El perseguidor» es un cuento largo o lo que los franceses bautizaron como una «nouvelle». Se trata de la historia de decadencia y muerte de Johnny Carter, un músico de jazz con problemas de drogas y que había despilfarrado prestigio y dinero durante años. El narrador es su biógrafo y crítico musical, Bruno, quien desde una perspectiva lógica y mucho más conservadora narra e interpreta lo que Johnny le dice.

El texto está inspirado en un verdadero músico cuya muerte conmovió a Cortázar. Charly Parker. Pero el tema que sondea es el de la naturaleza «elástica» del Tiempo.

Johnny, el protagonista del cuento, posee una educación que no le permitiría jamás teorizar o intentar una explicación racional del asunto. Y aun así está sometido a una vivencia que sólo puede aspirar a describir insuficientemente. Pero no duda:

«Te estaba diciendo que cuando empecé a tocar de chico me di cuenta de que el tiempo cambiaba». 

El ingreso a una dimensión diferente ocurre en él por medio de la música. Sin olvidar la mirada que comparten casi todos los personajes del cuento, Johnny se sumerge en otra realidad, esencialmente más plena, donde no hay una división tajante temporal entre el pasado, el presente y el futuro.

«Y justamente en ese momento, cuando Johnny estaba como perdido en su alegría, de golpe dejó de tocar y soltándole un puñetazo a no sé quién dijo: ‘Esto lo estoy tocando mañana’, y los muchachos se quedaron cortados, apenas dos o tres siguieron unos compases, como un tren que tarda en frenar, y Johnny se golpeaba la frente y repetía: ‘Esto ya lo toqué mañana, es horrible, Miles, esto ya lo toqué mañana’»

De este modo, el escritor explicita el carácter espiritual y no intelectual de la iluminación en que se revela la naturaleza genuina del tiempo. Por eso, Johnny está sometido a la desesperada vivencia que no puede explicarse. La vivencia «elástica» del tiempo. Por gracia del talento musical, accede a un sitio diferente, donde el tiempo no se percibe como estamos habituados.

Conforme avanza el relato vamos descubriendo que el músico se refiere a una especie de franja de la realidad que permanece oculta para la mayoría, aunque a veces aflora. Las vías de irrupción suelen ser el arte o el sueño.  Quienes la intuyen descubren que el tiempo no es lo que la física tradicional ha sostenido. Cortázar no se interesa aquí por la segunda vía, aunque eso remite a los muchos casos de sueños premonitorios que describe gente común e interesa a estudiosos como Jung.

Confiesa Johnny, en un punto del relato: «Cuando el maestro me consiguió un saxo que te hubieras muerto de risa si lo ves, entonces creo que me di cuenta en seguida. La música me sacaba del tiempo, aunque no es más que una manera de decirlo. Si quieres saber lo que realmente siento, yo creo que la música me metía en el tiempo. Pero entonces hay que creer que este tiempo no tiene nada que ver con… bueno, con nosotros, por decirlo así».

El costado órfico del autor se manifiesta aquí. Como el mismo Orfeo, a quien la belleza de su música le abre las puertas del inframundo, del mismo modo la música a Johnny le franquea los portales de los misterios, un sitio que no debe conocer un hombre vivo. Los conocimientos trascendentes se le revelan por medio de la creación artística.

Esta visión tradicional que profesan muchos escritores como Homero, Virgilio, Dante, Marechal y otros tantos se completa con el ejercicio del arte como un viaje de iniciación. La catábasis, descenso a los propios infiernos personales, (lo que equivale a reflexionar sobre los propios vicios) será sólo el primer paso del trayecto. Luego el iniciado/artista habrá de aspirar al ascenso a las cumbres. En tal caso, la belleza, la creación de belleza, constituiría una escala por la que se sube en un ámbito casi místico: definitivamente espiritual.

Aquella franja atemporal, la otra dimensión es, en sí misma, un paisaje estético por reproducir.

La relatividad del tiempo

Johnny, mediante un talento especial, entra en contacto con una dimensión en la que no existe pasado ni futuro, sino que todo es perceptible al mismo tiempo o con una mecánica diferente. En el mito de Orfeo y en la catábasis de Ulises en la Odisea, se recoge toda esa información atemporal que les dan los muertos a quienes van cruzando. Pero aunque no siempre sea tan directa, siempre la verdadera creación artística revela misterios de la vida.

Este dato podría explicarnos el carácter premonitorio de varios productos artísticos. Tal es el caso de los textos de Julio Verne, donde se adivinan avances tecnológicos que en su tiempo no existían. O el de Leonardo Da Vinci, que ideó, diseñó y estudió desde los albores renacentistas de la ciencia y la técnica inventos del siglo XX. O la predicción de Dante respecto a su propio exilio en La Divina Comedia.

Para explicarse mejor, Johnny le narra a Bruno un viaje en subte que dura unos dos minutos y describe todo lo que fue recordando y recorriendo en su memoria e imaginación. Los recuerdos no habrían llevado dos minutos sino al menos quince o veinte minutos de evocación. El tiempo transcurre diferente en el subte que en el interior del músico, que en el pensamiento.

«Dos minutos y te he contado un pedacito nada más. Si te contara todo lo que les vi hacer a los chicos, y cómo Hamp tocaba Save it, pretty mamma y yo escuchaba cada nota, entiendes, cada nota, y Hamp no es de los que se cansan, y si te contara que también le oí a mi vieja una oración larguísima, donde hablaba de repollos, me parece, pedía perdón por mi viejo y por mí y decía algo de unos repollos… Bueno, si te contara en detalle todo eso, pasarían más de dos minutos, ¿eh, Bruno?

—Si realmente escuchaste y viste todo eso, pasaría un buen cuarto de hora —le he dicho, riéndome.

Pasaría un buen cuarto de hora, eh, Bruno. Entonces me vas a decir cómo puede ser que de repente siento que el métro se para y yo me salgo de mi vieja y Lan y todo aquello, y veo que estamos en Saint-Germain-des-Prés, que queda justo a un minuto y medio de Odéon».

Es que se trata del pensamiento en imagen, que caracteriza al arte, y con el que trabaja la poesía, que no es sucesiva. No es lógica, no discurre, sino intuye. La intuición es un conocimiento inmediato, mágico e inexplicable para el hombre racional. Quienes desarrollan esta potencia cognoscitiva que es la intuición no pueden explicar racionalmente pero tienen certeza en la veracidad de lo percibido.

Todo esto prueba el poder de la poesía y el arte en general en la comprensión profunda de la existencia. Pero sobretodo reafirma la presunción de que el tiempo, efectivamente, es elástico. Como dijera el mismísimo Einstein, no es inexorable como creemos.

Y Cortázar lo expone precisamente con la metáfora del ascensor, la misma que el mismo científico debió experimentar para su propia iluminación.

«Esto se lo conté una vez a Jim y me dijo que todo el mundo se siente lo mismo, y que cuando uno se abstrae… Dijo así, cuando uno se abstrae. Pero no, yo no me abstraigo cuando toco. Solamente que cambio de lugar. Es como en un ascensor, tú estás en el ascensor hablando con la gente, y no sientes nada raro, y entre tanto pasa el primer piso, el décimo, el veintiuno, y la ciudad se quedó ahí abajo, y tú estás terminando la frase que habías empezado al entrar, y entre las primeras palabras y las últimas hay cincuenta y dos pisos. Yo me di cuenta cuando empecé a tocar que entraba en un ascensor, pero era un ascensor de tiempo, si te lo puedo decir así».

*Gisela Colombo es Licenciada en Letras. Ha escrito novelas, poemas y adaptaciones de obras de teatro. Ha colaborado en suplementos literarios y culturales. Es columnista en diferentes publicaciones mientras continúa con su labor docente.

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