«El caso Padilla»

Por Gisela Colombo*
PARA EL FEDERAL NOTICIAS

Los últimos acontecimientos ocurridos en las calles de La Habana denunciaron ciertos vicios del sistema. La reacción fueron unas cuantas detenciones y el silenciamiento de medios de comunicación no revolucionarios provenientes del exterior. Vimos, en esas imágenes, el arresto de una youtuber mientras la televisión española le hacía una nota.

Esta protesta que ha sacado el pueblo a la calle no es más que otra crisis, pero una crisis de ésas que abren oportunidades, porque manifiestan el hartazgo popular y la solicitud de un cambio necesario.

La Revolución cubana tuvo una buena acogida en la isla y en el exterior cuando ocurrió, en 1959. Especialmente en ámbitos de la cultura. Pero algunos hechos fueron alertando a la comunidad internacional sobre abusos estatales crecientes.

No han sido pocos los escritores que han sufrido especialmente la intromisión del poder del Estado, en carne propia.

Entre ellos, quien sufrió el más emblemático episodio abusivo fue el poeta Heberto Padilla, al que se le impuso mucho más que una autocensura: la obligación de retractarse públicamente de lo que había dicho y todavía pensaba. Ese acto celebrado ante las cámaras de televisión en el año 1971, dividió las aguas entre los mismos entusiastas de la Revolución, como ningún otro.

Padilla fue un poeta reconocido en Cuba. Antes de desatarse la Revolución vivió tres años en Miami donde conducía programas radiales y enseñaba inglés. Estuvo, asimismo, en Nueva York como traductor en las Escuelas Berlitz y se convirtió en corresponsal de Prensa Latina. Había estudiado además de inglés, francés, derecho, periodismo, humanidades y lenguas en el extranjero. Hablaba alemán, ruso, italiano y griego también.

Cuando estalló la Revolución regresó a Cuba para hacerse cargo del periódico «Revolución». Entre 1962 y ’64 fue corresponsal en la Unión Soviética, lo que le permitió un viaje en el tiempo: conocer, como en un oráculo, hacia dónde iba Cuba por esa vía.

Aun así fue director de Cubartimpex (1964), organismo encargado de seleccionar libros extranjeros. Hasta 1966 fue agregado comercial cubano en países escandinavos. De regreso a la isla confirmó el rumbo que había temido en la experiencia rusa y comenzó a ser crítico del gobierno de Fidel Castro exclusivamente en privado.

Sus críticas públicas afloraron en Fuera del juego, poemario que en 1968 fue Premio Julián del Casal, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). El jurado estuvo compuesto por los cubanos José Lezama Lima, Manuel Díaz Martínez, José Zacarías Tallet, el peruano César Calvo y el británico J. M. Cohen. El comité director de esta institución, sin embargo, no estuvo de acuerdo con el galardón otorgado a Padilla, por lo cual se celebró una reunión con los miembros del jurado para discutir las obras premiadas. Luego de un debate de horas, acordaron publicar la obra, pero acompañada de una nota en la que el comité director de la UNEAC expresaba su desacuerdo por considerar que eran ideológicamente contrarios a la Revolución.

En marzo del 71 arrestaron a Padilla junto a su mujer y ​fueron acusados de «actividades subversivas» contra el Gobierno. El encarcelamiento provocó una reacción en todo el mundo, con las consiguientes protestas de conocidísimos intelectuales entre los que figuraban Julio Cortázar, Simone de Beauvoir, Marguerite Duras, Carlos Fuentes, Juan Goytisolo, Alberto Moravia, Octavio Paz, Juan Rulfo, Jean-Paul Sartre, Susan Sontag, Mario Vargas Llosa y muchos otros.

Treinta y ocho días de reclusión y terror les fueron suficientes para que el poeta estuviera dispuesto a desdecirse y renegar de su propio arte. Fue la famosa «autocrítica», que escandalizó al mundo entero y puso en relieve ciertos avances del Régimen sobre las libertades individuales.

Este hecho patético fue televisado con un propósito ejemplificador y, por el mismo motivo, conocido rápidamente por la comunidad internacional. Sus efectos decantaron en una división de las aguas inexistente antes. Los intelectuales que se mostraban entusiasmados con la Revolución quedaron divididos en dos posturas irreconciliables. Unos optaron por creer que era un caso personal y continuaron creyendo en las bondades del sistema cubano. Un ejemplo sería el de Gabriel García Márquez. O de Julio Cortázar quien firmó los primeros reclamos de libertad a Padilla, pero después se arrepintió y siguió apoyando a Castro. Otros opinaron que el espectáculo del caso Padilla era la forma más rancia de la censura, sólo comparable con los juicios que presidía la Inquisición contra científicos que se atrevían a exponer trabajos poco convenientes para la Iglesia. Obligar a un artista a borrar su genuino pensamiento de la propia obra era una intromisión inaceptable, para ellos. Y la confirmación de que no había libertad de pensar libremente en el Régimen cubano. Así, muchos escritores, filósofos y todo tipo de intelectuales que se habían pronunciado a favor de la Revolución se proclamaron críticos y confesaron su propio alejamiento del Régimen.

Hoy parece menos individual el reclamo. Quizá es hora de escucharlo.

Gisela Colombo es Licenciada en Letras. Ha escrito novelas, poemas y adaptaciones de obras de teatro. Ha colaborado en suplementos literarios y culturales. Es columnista en diferentes publicaciones mientras continúa con su labor docente.

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