Para El Federal Noticias
Cuando era chico, mi vieja tenía por costumbre cantarme canciones escritas por María Elena Walsh: la reina Batata, la vaca estudiosa, el reino de Gulugú y una, cuya letra me llamaba mucho la atención, El reino del revés.
Me causaba gracia que hubiese un reino en el cual un pájaro nadaba, un pez volaba, que usaran barbas los bebes y que, sobretodo, un ladrón fuera vigilante y otro juez.
Pasó el tiempo y en la Argentina ocurrieron muchas cosas. Derrocaron a Illia y el gobierno fue asumido una dictadura, a ésta le sucedió una débil democracia que a su vez, dio paso a otra dictadura. María Elena Walsh tuvo que irse del país. Parece ser que para los militares sus canciones, tanto las infantiles como las destinadas a los adultos, eran subversivas. Pero, antes de seguir los pasos de Manuelita, dejó escrito un artículo maravilloso que fue publicado en el año 1979. Lo tituló “Desventuras en un País Jardín de Infantes”. Hecho esto, tomó sus pocas pertenencias y se marchó asfixiada por la censura. Decidió no seguir componiendo ni cantar en público, lo que quiso hacer fue imitar a la cigarra, quedándose un siglo bajo las piedras.
Transcurrieron más de cuarenta años. La joven e imperfecta democracia se fue consolidando (salvo para Eduardo Duhalde que, con su visión apocalíptica, anuncia su fin para el próximo año). Tuvimos por primera vez en noventa años una transición presidencial, desde un partido a otro de diferente color. Lo que debería ser algo normal para cualquier sociedad, para nosotros era desconocido.
Muchos de los ciudadanos que votaron a Alberto Fernández lo hicieron desilusionados con Mauricio Macri. Otros tantos creyeron que sería el fin de la grieta. Los primeros estaban atravesando duros momentos económicos. Inflación superior al 45%, aumento del desempleo, asfixiante presión tributaria, por eso fue fácil captarlos con promesas como bajar la inflación, aumentar 20% las jubilaciones, créditos a tasa “0%”, generación de empleo y mucho más. En decenas de discursos, el por entonces candidato Fernández, aseguraba que si no cumplía su palabra se lo tendríamos que reclamar.
El segundo grupo, quienes creyeron en el final de la grieta, siguieron confiando en Fernández hasta que, como si la pandemia fuera una lluvia torrencial, se fue desdibujando el disfraz y quedó desnudo. “El rey está desnudo”, gritó el niño en el cuento de Hans Anderson. El único que no lo sabía era el propio rey.
Los primeros discursos y también sus acciones eran de tono paternalista (buen padre de familia): quédense en casa, no me importa la economía sino sus vidas. Se rodeaba de gobernadores, incluso a uno de la oposición lo llamaba amigo. Mostraba gráficos, afirmaba que éramos el modelo y envidia del mundo (aunque su ministro de salud había afirmado que el virus jamás llegaría a la Argentina), que se construirían doce hospitales, por ahora invisibles a nuestros ojos.
Ese tono conciliador y tolerante, fue virando a medida que los resultados, tanto en la lucha contra el virus (seis meses de aislamiento, aún no llegamos al pico y con crisis total del sistema de salud) como en la economía, no sólo desnudaron al rey sino también a los bufones que lo rodean. Esto de los bufones no es una metáfora, todos vimos a una payasa dando consejos médicos.
En unos días, como si estuviésemos retrocediendo en el tiempo, reapareció la agresividad que, pensábamos, se había superado. El presidente se peleó con todo el Cono Sud, el país Vasco, Barcelona, Alemania, Suecia y Finlandia. Rodríguez Larreta dejó de ser su amigo y pasó a ser el causante de todos los males, “me da vergüenza ver una ciudad tan opulenta, bella, desarrollada como si fuera una ciudad europea”, dijo. Qué razonamiento tan curioso, en lugar de tomar a Buenos Aires como ejemplo, la castiga. ¿No será que tiene todas esas cualidades porque, desde que es autónoma, nunca fue gobernada por el peronismo? ¿No sería mejor que la mostrara como ejemplo a seguir por aquellos gobernadores que llevan treinta años conduciendo provincias cada vez más pobres y desiguales?
Las voces comenzaron escucharse en el país Jardín de Infantes, algunos niños tenían cosas para decir. Y ahí apareció el censor, por ahora cibernético. Como dijo María Elena, la gente comenzaba a denunciar la hipocresía de un gobierno que trata a la sociedad como a un conjunto de párvulos idiotas que no saben diferenciar el bien del mal y, por eso, les pone todo el tiempo de plantón con el bonete de burro. «Cuando ya nos creíamos libres de brujos, nuestra cultura parece regida por un conjuro mágico de no nombrar para que no exista”. No hablemos más de pandemia, recomiendan los asesores del Presidente, como si con eso bastara para que no hubiese diez mil infectados por día.
Este gobierno designó Ministra de Seguridad a una antropóloga, profesión que vendría a ser algo así como la sociología de los pobres. Uno puede pensar que no está mal esa designación, alguien con esa profesión y que se ha educado en Francia debe venir con ideas nuevas, dispuesta a cerrar brechas, a enseñarle a las fuerzas de seguridad y armadas métodos del siglo XXI, que garanticen la seguridad de los habitantes y a la vez, ponga en valor la tarea de ser defensores de los derechos humanos. Pero no. No olvidemos que estamos en el reino del revés.
A poco tiempo de asumir, la señora Ministra puso en marcha el ““ciberpatrullaje”, el monitoreo policial en redes sociales, la vigilancia virtual. La excusa era controlar a los habitantes durante el aislamiento social, preventivo y obligatorio. Sin embargo, en las redes sociales se desmentía a la Ministra. Se le pedía a los cibernavegantes que denunciaran a los usuarios que criticaban al gobierno, sin importar la causa.
La semana pasada, el señor Presidente emitió un D.N.U. declarando de interés publico la televisión por cable, satelital e internet. El argumento fue que seis mil niños de la ciudad de Buenos Aires no tendrían acceso a internet. Sin ser muy perspicaces podemos avizorar el siguiente paso: tal será el desabastecimiento tecnológico y la insuficiencia de las tarifas que, los actuales prestadores abandonaran el país y todo quedara servido para que el propio gobierno o cercanos a él, tomen a su cargo estos servicios (algo similar a lo que ocurre con las líneas aéreas). El mundo navegará con 5G y nosotros con señales de humo. Tal vez vuelva el Plan Megatel. No quiero imaginar los contenidos.
En este país Jardín de Infantes, se prohíbe a los niños ir a la escuela, pero sus padres pueden ir a los casinos. Los ciudadanos de a pie no podemos reunirnos con nuestros amigos, pero el Presidente y su pareja, sin prudencial distancia y sin barbijo, se reúne, come y se saca fotos con el mejor dirigente sindical y su familia, mientras el fundador y dueño de la empresa más grande de la Argentina (que casualmente es acosado por aquel dirigente gremial) se tuvo que ir a vivir a Uruguay y contemporáneamente desaparecieron los beneficios para las empresas desarrolladoras de alta tecnología). El noticiero del canal oficial anunció la expansión de la economía, es que un taller mecánico que tenía cinco trabajadores incorporó dos más (aumentó la ocupación el 40%). Mientras el gobierno de Trump informa que se crearon casi cinco millones empleos, el nuestro empapela el país anunciando que se le entrega el Ingreso Familiar de Emergencia a diez millones de personas (expansión de la pobreza). Millares de Pymes, destruidas por la crisis, cierran sus puertas, mientras que los políticos no ceden un peso. Se dicta una moratoria como si fuera un traje a medida a favor de un multimillonario evasor, pero al resto de los contribuyentes se les cobra, sin prórroga, Bienes Personales y Ganancias del 2019 y anticipos del 2020 (¿quién tendrá ganancias este año, exceptuando a Boudou, la expresidenta y algunos más?).
En medio de todo esto, el presidente de la Cámara de Diputados, lleva adelante una sesión ilegítima, al mejor estilo venezolano, para debatir la creación de 1400 puestos en la justicia penal federal que, sólo tiene por objeto la impunidad de algunos y poblar ese fuero de miembros de la agrupación Justicia Legítima. Para ello cuenta con la complicidad de los gobernadores que, podrán designar jueces amigos. El chiste costará más de diez mil millones de pesos. Eso sí, para los habitantes del País Jardín de Infantes, todo seguirá igual, un juicio laboral seguirá tardando seis años, los comerciales mucho más y los presos saldrán libres porque prescribirán las causas. Pero no todo esta perdido. Los invito a buscar en las redes el audio de la exposición del martes pasado en la Cámara de Diputados de Soher El Sukaría. En el país Jardín de Infantes algunos niños están creciendo y nos brindan esperanzas.
*Sergio Capozzi: Abogado, docente universitario, posee una maestría en Historia Política Contemporánea, consejero del Comité Olímpico Argentino, Árbitro Institucional.
]]>