Democracia liberal o radical

Por Rubén O. Noiosi*
PARA EL FEDERAL NOTICIAS

La democracia liberal busca resolver los intereses contrapuestos de los ciudadanos mediante la deliberación, el consenso y la selección de representantes y autoridades mediante el sufragio universal. A la vez, hay otra concepción de la democracia, conocida como “democracia plebiscitaria”, que se trata de una forma desviada de la definida en primer término y que, además, se opone a la división de los poderes políticos.

Liberales consensualistas y populistas plebiscitarios debaten en esta época, en la región hispanoamericana, acerca de qué tipo de democracia representa mejor los intereses de los ciudadanos, y la denominada “grita” en nuestro país no es, simplemente, como algunos quieren creer, una disputa por desacuerdos acerca de distintas políticas públicas: o más o menos intervencionista.

Para los defensores del populismo es la democracia radical y no la democracia liberal la que puede resolver los problemas de desigualdad económica y el respeto a la diferencia de los “colectivos” minoritarios. Para decirlo de otra manera, según esta perspectiva, la democracia radical sería capaz de superar las demandas de reconocimiento de los grupos minoritarios  y una (re)distribución económica de la riqueza nacional, que el Estado liberal nacido con la constitución en 1853 no podría llevar a cabo debido a sus limitaciones filosóficas. El alcance de este último, entendido, al menos, en la versión más restrictiva, sólo se limita a garantizar las libertades civiles mediante los derechos individuales establecidos en el orden (“formal”) jurídico vigente.

En términos de Chantal Mouffe la democracia radical y democracia liberal son dos visiones antagónicas irreconciliables o enemigas de lo político. La tarea de la política contemporánea sería, según esta autora, disolver dicho antagonismo irresoluble.

Para lograr esta transformación el populismo se avoca a la búsqueda de nuevas instituciones y de nuevos discursos que sustituyan el lenguaje y las prácticas de la democracia liberal. Para el populismo laclausiano la sociedad debe ser concebida como un “espacio discursivo” estructurado sobre prácticas políticas hegemónicas. Estos autores creen que ese espacio discursivo es el lugar de una confrontación irreconciliable de proyectos antagónicos: nosotros (populistas)/ ellos (neoliberales).

La pregunta que el populismo se hace es ¿cómo construir una nueva política hegemónica? Esta nueva hegemonía consiste en derrotar la hegemonía del Estado (“neo”) liberal que opera “anti- subversivamente” siempre que resuelve parcialmente las demandas que los sectores sociales en conflicto reclaman.

La política hegemónica, dicen los autores de “Hegemonía y estrategia socialista” se trata de un cierto tipo de confrontación entre voluntades colectivas que tienen proyectos antagónicos de como organizar la sociedad. La respuesta de Mouffe y Laclau es que esa voluntad colectiva consiste en una doble articulación: una horizontal y otra vertical: la primera consiste en una “cadena de equivalencia” (demandas democráticas de distintos sectores sociales) que haga posible  la construcción de un “nosotros” frente a un “ellos”, y la segunda, la articulación de esa cadena de equivalencia, como sostenía Gramsci, a través de un “moderno principe”: un líder que “conduzca” la unificación de los intereses de un movimiento o pueblo, que evite que la fuerza hegemónica dominante (el Estado liberal)  disuelva la cadena de equivalencia mediante soluciones parciales de esas demandas.

¿Qué sucedería con los controles constitucionales, la defensa del pluralismo y  las libertades civiles fundamentales que el Estado liberal garantiza a sus ciudadanos si en el mediano o largo plazo el populismo post marxista argentino o “neo-comunista” lograra invertir la hegemonía política?

Integrantes de ese sector ideológico han anunciado su voluntad de cambiar la constitución, transformar el sistema judicial en uno que sólo represente la “voluntad popular”o “pueblo populista”, controlar los medios “monopólicos” de comunicación, restringir el derecho de propiedad, introducir cambios en el sistema electoral y de partidos, etc.

La disolución del Estado liberal-capitalista es para el populismo contemporáneo una lucha que a diferencia del marxismo clásico o el gramsciano no está ahora ni en la privilegiada clase obrera ni en la superestructura cultural, sino que se da en diferentes planos del orden social: económicos, movimientos sociales, movimientos culturales, etc.

Si hay un estrategia posible de “batalla cultural”, para evitar aquel desenlace autocrático, que debe jugar el “liberalismo” argentino exige repensar algunas ideas liberales que los sectores conservadores, representados por la alianza “Juntos por el cambio”, niegan.

El liberalismo es una concepción político-filosófica de la modernidad que acompañó a partir del siglo XVII y XVIII el desarrollo del capitalismo y es un error identificarlo sólo con las teorías neoliberales del Estado mínimo o libertarias del siglo XX que supone que la tarea de la democracia es salvaguardar solamente las libertades individuales y la paz interior.

Repensar el liberalismo en clave social supone reinterpretar honestamente los “nuevos” derechos  que los colectivos sociales ( mujeres, LGBT, comunidades originarias, o cualquier otro grupo “excluido”) reclaman desde hace décadas, y que contrario sensu, fueron acogidos por los partidos de izquierda que tradicionalmente se los negaron.

Incorporar a esos sectores a un proyecto de defensa de las libertades civiles, políticas y sociales implica romper la cadena de equivalencias que el populismo necesita para su victoria.

*Prof. Rubén O. Noiosi – Filósofo y Docente Universidad de Buenos Aires – @RNoiosi

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