Aporofobia

Por Gisela Colombo*
PARA EL FEDERAL NOTICIAS

Quienes están atentos a las innovaciones de la lingüística habrán notado la existencia de una de las palabras que la Real Academia Española aprobó, agregó a su Diccionario y luego declaró «Palabra del año» en 2017. Se trata de un neologismo creado por la filósofa española Adela Cortina, que hacía más de veinte años trabajaba para que el término fuera aceptado dentro del corpus oficial del español. «Aporofobia» es el término; que significa, según su autora, «fobia a los pobres».

La filósofa escribió un libro donde aborda con profundidad el tema. Pero quien desee un adelanto de ese texto, hoy puede consultar una charla TED, en la que la propia Cortina explica qué entiende por esa palabra nueva, qué contenidos psico- y socio-lógicos hicieron necesaria la palabra y qué respuesta deben dar la cultura oficial y la educación al fenómeno que describe.

En su explicación, la autora cita un pasaje de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez para expresar la necesidad de ponerle nombre a las cosas, especialmente a las que no tienen cuerpo material y no pueden «señalarse con el dedo».

«Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de 20 casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo».

A grandes rasgos Adela Cortina justifica la necesidad del término para que no quede invisibilizado el fenómeno, por no existir una palabra puntual para referirlo.

La «aporofobia» es, para ella, una especie de rechazo hacia los más pobres. Si bien alguna prensa lo juzgó como un simple temor a una clase social en particular, en rigor ésa es una de las tantas facetas que posee este rechazo.

La fobia a las clases más pobres de una sociedad no sólo está hecha de un temor que llega junto con la atribución del delito y de la violencia a esa condición social. Para la autora implica muchos más elementos en su génesis.

La filósofa sostiene que las relaciones sociales de las sociedades contemporáneas están signadas por el intercambio. Sin ese propósito no nacen ni se reproducen. Existe un contrato tácito entre dos personas que se vinculan. Para ambos se supone que esa concordia y la corriente de interés mutuo con que se inicia el conocimiento responde a una especie de conexión detrás de la cual subyace la intención de lograr auxilio o beneficios de esa relación. Este encuentro funciona siempre que ambos tengan algo que ofrecer.

Los marginales, los desposeídos, los excluidos del universo laboral no sólo no tienen nada que ofrecer, son compañías que despiertan prejuicios indeseados en quienes sí lo tienen. Cuando esa sensación se perpetúa, la evolución cultural va extremando las diferencias. La Lingüística, la vestimenta, los accesorios, los hábitos, la alimentación van alzando muros que impiden el relacionarse y montan el rechazo que llamaremos, desde el trabajo de Cortina «aporofobia».

El ser humano tiene un cerebro aporofóbico porque este órgano persigue la supervivencia y está condicionado por ese propósito en todos los aspectos. El hombre que describe la filósofa es el Homo reciprocans, eso implica que los seres humanos estamos dispuestos a dar. Pero no con simple altruismo. Lo neguemos o lo reconozcamos, en el intercambio social la disposición de dar está orientada a, en algún momento, recibir. Lo curioso, lo que muestra una sofisticación mediante la abstracción es que no siempre aguardamos que nos devuelva el mismo sujeto. Una anécdota sobre un docente de alguna universidad inglesa sirve para ejemplificar esta impersonalidad. Tenía la afición de ir a todos los funerales de sus colegas. Cuando se le preguntó por qué lo hacía, contestó que él quería que fueran al suyo, cuando sucediera. En ese caso, ninguno de los que motivaron su visita a las pompas fúnebres habría podido asistir al momento en que le tocara a él. Eso sería un ejemplo de la abstracción que convierte la reciprocidad personal en reciprocidad indirecta.

¿Xenofobia o Aporofobia?

Cuando se pone la lupa sobre asuntos como la xenofobia o el racismo de un pueblo, resalta un fenómeno que no puede explicarse desde el mismo concepto de estas discriminaciones. ¿Por qué somos «sudacas» los que arribamos a España y no lo son ni Messi, ni el Papa Francisco, ni Paloma Herrera, ni Ricardo Darín? La respuesta que da la autora de «Aporofobia» es que lo que hay detrás de esa xenofobia y racismo es una simple percepción aporofóbica. Lo que se rechaza de los inmigrantes comunes es la pobreza, la falta de relaciones y oportunidades, no las características étnicas, las variantes dialectales que utilizan, ni las particularidades tradicionales que cultivan.

En fin, un tema atractivo y un tratamiento serio para algo que debiera importarnos mucho en un país en que casi la mitad de la población podría llegar a sufrir, en su condición de pobre, estos dolores extra, por añadidura.

*Gisela Colombo es Licenciada en Letras. Ha escrito novelas, poemas y adaptaciones de obras de teatro. Ha colaborado en suplementos literarios y culturales. Es columnista en diferentes publicaciones mientras continúa con su labor docente.

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