Abu, ¿me lo contás otras vez, porfi?

Por Sergio Capozzi*.

Para El Federal Noticias

Abu, ¿me lo contás otras vez, porfi?- ¿¡Otra vez!?, ya te lo conté como diez veces.”, Contesto yo y abro el libro en la misma página en la cual lo abrí ayer. Ellos y yo sabemos exactamente lo que va a suceder cuando pasemos a la siguiente.

¿Cuál es el motivo por el cual los niños pequeños no quieren que les cuenten otro, por qué tanta repetición? Han perdido la sorpresa pero disfrutan igual y esperan ansiosos los mejores tramos. Ahí está el motivo.

Todo cuento tiene un conflicto, los relatos lo tienen. Es la parte más difícil para comprender. “El niño está tratando de elaborar en su alma, a nivel de sentimientos y a nivel interior. Hasta que no esté elaborado ese conflicto, esa necesidad de conocimiento, ese aprendizaje interno, no va a pasar a otro; no le va a resultar interesante”, dice Rocío Blanco, manager de “Había Una Vez”, cuentos digitales.

En el caso de los chiquitos, la repetición es símbolo del placer en la primera infancia, es el juego lo que hace que la repetición no sea tediosa. En el caso de los adultos, y en determinadas actividades, escuchar la misma música, ver decena de veces la misma película, comprar un billete de lotería, es una actividad lúdica.

Hay muchos refranes que se aplican a situaciones como éstas, “el hombre es el único animal que mete dos veces la pata en el mismo pozo”, “uno hace lo mismo pensando que el resultado va a ser diferente”. El punto es que en nuestro caso, los adultos, las repeticiones no siempre nos causan placer; la verdad que tropezar con la misma piedra nos pone de mal humor, y cuando hacemos dos veces la misma inversión ruinosa, nos dan ganas de amasijarnos en un rincón, como dice el tango.

Hace unas semanas escribí una nota dedicada a María Elena Walsh, en particular a su artículo titulado El país jardín de infantes.”  Es imposible no relacionar ese artículo publicado en el año 1979 con la situación que atraviesa la Argentina y con el pedido de los niños para que le contemos por enésima vez el mismo relato. Otra vez el recurso tanguero: la historia vuelve a repetirse, mi muñequita dulce y rubia,escribió Enrique Cadícamo.

En este país Jardín de Infantes (entiéndase la Argentina), como párvulos incapaces de elaborar abstracciones, necesitamos que nos cuenten el mismo relato y lo que es peor, como adultos que somos, soñamos con que el final sea diferente.

Mi viejo me contaba que cuando era joven, el peso nacional argentino era una moneda respetada y reconocida en el mundo, los chicos tenían (y yo también) una libreta emitida por la Caja Nacional de Ahorro y Seguros que, a lo largo de los años, se iba completando con estampillas. El objetivo era que uno, al cumplir los veintiúno, tuviese un pequeño capital, que le alcanzara para señar un terrenito o pagar el anticipo para comprar un auto. A mi me alcanzó para una coca y un sándwich. Es un hecho real.

El crecimiento sin límites del Estado, la cantidad inexplicable de personas viviendo del mismo, el desánimo de los productores que los llevaron a no sembrar, la caída de la demanda, entre otras cosas, hizo que se dispusieran medidas extremas, entre ellas la aplicación nuevos tributos, de precios máximos y paralelamente el reemplazo de la moneda, creyendo que de ese modo se iba a impedir la hiperinflación. ¿Cuándo ocurrió esto? En el siglo IV de nuestra era, y fue el emperador romano Diocleciano quien las dispuso. Reemplazó el denario por el argentum (no es broma). Los resultados fueron nefastos.

En el año 1307 la corona de Francia estaba quebrada. ¿La causa? los excesos en el gasto público, las cruzadas hacia Tierra Santa y una corte parasitaria. El rey Fernando IV le debía fortunas a los caballeros Templarios. La solución fue perseguirlos, detener a más de diez mil y asesinar a los líderes. De poco o nada le sirvió.

En momentos de la transición entre la monarquía absolutista y la revolución francesa (1788/89), el ministro de hacienda Jacques Necker propuso -primero al rey Luis XVI,  y al año siguiente a la Asamblea Nacional- expropiar los bienes del clero, convirtiéndolos en bienes nacionales; sin compensación alguna. El problema era que, ahora, la república era rica, pero no tenía liquidez. Para solucionar este problema, se idearon los “asignados“: estos documentos actuarían como bonos, sustentados en los bienes confiscados por el gobierno revolucionario a personajes hostiles al nuevo régimen, como aristócratas emigrados y clérigos católicos. En cinco años, los bonos “asignados” aumentaron tanto de valor que fue necesario que el gobierno los renegociara con importantes quitas para evitar el default.

Cruzamos el Atlántico y viajamos ciento cincuenta años en el tiempo. Estados Unidos y la gran depresión. El dólar billete dejó de tener respaldo oro, primero recurrió a la plata y luego nada, es más, en los billetes, actualmente se lee “nosotros confiamos en Dios”, más claro echale agua.

A poco de haber asumido el gobierno, Juan Domingo Perón, el 22 de octubre de 1948, dispuso la prohibición de ventas de dólares billetes. El mismo presidente, ya en su tercer mandato, y con José Ber Gelbard como ministro de economía, dispuso la aplicación de precios máximos. Luego de la desaparición de los productos esenciales de la góndolas, el desabastecimiento y el mercado negro, todo terminó con Celestino Rodrigo, su famoso y triste Rodrigazo, hiperinflación y crisis política que condujo al golpe de estado del 24 de marzo de 1976.

Raúl Alfonsín es reconocido como un demócrata que logró llevar a los estrados judiciales a las Juntas Militares, derogar leyes de amnistía y auto indulto, ahora, desde el punto de vista económico, su calificación no es alta, ni siquiera merece un aprobado. Los planes Primavera y Austral llevaron a otra hiperinflación que heredó Carlos Menem.

Los primeros meses del gobierno del riojano fueron turbulentos, hasta que, luego de Ermán González, llegó la convertibilidad. Diez años que, podríamos decir, diferentes para la historia moderna argentina. Algunos aprovecharon esos tiempos (por ejemplo, empresarios que modernizaron sus establecimientos) y hubo otros que no pudieron soportar la competencia internacional. El punto fue que nuestros gobernantes no tuvieron la cintura ni la capacidad para darse cuenta a tiempo que, en algún momento, había que ajustar tuercas y salir poco a poco del “uno a uno”. Es que todos temían que el argentino, que siempre tuvo al dólar como refugio, volviera a atesorarlo. Se sumó otro inconveniente grave; Fernando de la Rúa, sucesor de Menem, no tenía respaldo político y más aún, no generaba confianza, elemento esencial para la tranquilidad económica. Todos recordamos como terminó su gobierno.

Se sucedieron “Los cinco presidentes”, Duhalde, los saqueos, la elección de Néstor Kirchner con solo el 22% de los votos, el pacto con la extrema izquierda y las economías populares para aumentar la base de representatividad, la entrega de la Corte Suprema, Remes Lenicov, Lavagna, el default y su salida, la marcha atrás con las privatizaciones, los planes, sociales, la pelea con el mundo, los precios cuidados, cepos (al dólar, a la educación, a la justicia).

 Llegaron los cuatro años de Mauricio Macri. Se quiso parar un tren que venía a 100 km/h con una barricada de bolsas de arena. Ajustar las tarifas, dejar el dólar libre, abrir los mercados, lograr el déficit cero, todo simultáneamente.

Regreso del kirchnerismo. La culpa es del pato Donald y Bugs Bunny, las peleas con todo el Cono Sur, los quince dólares. El ministro de Desarrollo Social diciendo que vamos bien porque volvieron las changas, la de Seguridad para quien las tomas son legítimas, un juez federal que le da la razón, decenas de víctimas de la violencia de Estado sin que ninguna organización de DDHH los asista, el presidente comiendo un asado junto al sindicalista que echa empresas. El ministro de Economía diciendo que no se profundizará el cepo y a la semana el costo del dólar oficial aumenta el 35% por aplicación de un nuevo impuesto.

El problema es que en el país Jardín de Infantes, muchos siguen teniendo esperanzas en que el cuento que ya les contaron decenas de veces hoy, tenga un final distinto: que no vayamos directo a una hiperinflación, que no se creen más impuestos, que la calidad de los productos no disminuya, que la pobreza entre los niños no llegue al 67%, que la justicia no sea servil al poder, que el Senado deje de ser una escribanía con un par de empleados rebeldes y nada más.

Entiendo a mis nietos. Es más, me encanta contarles el mismo cuento. A quienes no entiendo es a los millones de adultos que quieren seguir escuchando el mismo relato, la culpa es de los medios hegemónicos, hay que limitar el uso de internet, te damos cuotas para ir a la peluquería pero no para comprar un celular, te damos el I.F.E. pero no te dejamos trabajar, los productores agropecuarios son oligarcas, los delincuentes son víctimas del sistema; Macri, vos sos la dictadura.

*Sergio Capozzi: Abogado, docente universitario, posee una maestría en Historia Política Contemporánea, consejero del Comité Olímpico Argentino, Árbitro Institucional.

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